Colaboraciones

 

El documento «El compromiso y la conducta de los católicos en la vida política»

 

16 diciembre, 2019)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

El documento publicado el 24 de noviembre de 2002 por el Papa san Juan Pablo II, con el título «El compromiso y la conducta de los católicos en la vida política», constituye una justa y atinada crítica y, a la vez, una pertinente advertencia. Una crítica a los políticos, organizaciones y publicaciones que se declaran católicos y que exhiben una patente cobardía a la hora de defender los principios morales a los que proclaman su adhesión. Una advertencia a los fieles sobre el hecho de que algunos medios de comunicación católicos orientan a sus lectores y espectadores de un modo incoherente con los principios y valores de la moral cristiana. Algunos de los ejemplos mencionados en el documento de san Juan Pablo II son cuestiones de tanta actualidad como la fecundación artificial o la equiparación de las parejas de hecho con los matrimonios. El Pontífice llama a los católicos a la claridad y a la coherencia y a construir una cultura y una sociedad inspiradas en los textos del Evangelio. Su vigor intelectual y moral es muy superior a las secuelas de su enfermedad y su decadencia física. Al parecer, el cumplimiento del deber es el mejor entrenamiento para el hombre y le permite superar las peores adversidades.

El texto de 19 páginas, escrito por el cardenal Joseph Ratzinger y aprobado expresamente por el Papa, es una fortísima llamada a la responsabilidad personal y a la claridad de ideas.

El documento pontificio censura la actitud cobarde y acomodaticia de tantos políticos y organizaciones católicos que tienden a someterse a una presión ambiental que es más ruidosa y aparente que real. Por lo demás, nada hay en él que quepa atribuir a una intención de subordinar el poder del Estado a la religión. Al César, lo que es del César. Por el contrario, el texto proclama su separación y la consiguiente autonomía de la esfera civil y política. De lo que se trata no es de que los católicos con responsabilidades públicas y administrativas impongan a toda la sociedad sus convicciones particulares, sino que sean coherentes con los principios éticos y jurídicos que les prescribe no tanto su fe religiosa como su conciencia moral.

La conciencia no es algo que se aparca en la vida pública y se recluye en el ámbito de lo privado. Por lo demás, esos principios y valores que san Juan Pablo II llama a defender no son otros que los que han forjado la civilización democrática occidental y la fundamentación y defensa de los derechos de la persona, especialmente los de los más débiles. Quien perciba el menor rasgo fundamentalista en el aldabonazo del Pontífice o una pretensión de ejercer el poder político es que no quiere o no puede enterarse.