Colaboraciones

 

Sobre la amistad

 

 

21 diciembre, 2021)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

La amistad debe estar basada en la roca firme que nos da la estabilidad a pesar de las tormentas, debe estar basada en Cristo.

La base de cualquier relación es la confianza y la sinceridad ya que, si no existen, las relaciones no pueden ser plenas.

Es muy importante ser coherentes, actuar conforme a lo que pensamos y también saber enfrentar las consecuencias de nuestros actos.

No basar la amistad en lo pasajero. Ya que en cuanto se acaba o pasa la moda, la amistad se termina. Si queremos tener verdaderas y duraderas amistades debemos fundarlas en lo trascendente, en lo que es verdaderamente importante en la vida.

Si hay algo que puede lastimar las relaciones y sobre todo las amistades son los prejuicios.

Pero, ¿qué es esto en realidad? Un prejuicio es cuando uno se hace una idea sobre alguien sin tener la información completa o sin tomar en cuenta el entorno de una situación.

Los prejuicios son muy dañinos porque lo que provocan es que uno crea que es verdad lo que se ha imaginado o ha deducido de algo o alguien.

Siempre es mejor platicar y pedir una explicación si es que se quiere continuar con la amistad.

Y claro que va de la mano con la sinceridad. ¡Siempre es mejor aclarar las cosas que seguir haciéndose telarañas en la cabeza!

Las amistades son muy importantes porque somos seres sociales que necesitamos de más gente a nuestro alrededor y qué mejor que sean personas que piensan, sienten y actúan como nosotros para lograr pasar momentos llenos de alegría y amor cada día.

No en vano dice el dicho que, «quien ha encontrado a un amigo ha encontrado un tesoro».

La amistad alienta, anima, fortalece y cura los males del alma.

La amistad es confiar en alguien. Parece ser que la confiabilidad es una nota esencial en el amigo. Y entonces le pregunté a un señor que sabe mucho de eso de la amistad y miren lo que me contestó:

«La amistad es paciente, es amable; la amistad no es envidiosa, no presume, no se engríe; es decorosa; no es interesada ni se enoja; no toma en cuenta lo malo; no se alegra con la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. La amistad no pasa nunca» (1 Cor 13, 4-8) «Eso es de san Pablo», me dirán ustedes y tienen toda la razón; es el himno a la caridad que no es otra cosa que la amistad. Pero todavía hay otra opinión más autorizada de un personaje que es el mejor Amigo que nuestra historia recuerda; Él dice: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 16, 13) ¡Sí!, lo dice nuestro Señor Jesucristo y Él sabe ser amigo y demuestra su amistad con hechos, no solo con palabras.

Ser amigo es hacer al amigo todo el bien.

Nos quejamos de que en nuestro mundo ya nadie sabe ser amigo. Puede ser, pero más bien nos toca quejarnos de que, ¡nosotros no sabemos ser amigos! Y, si eso es cierto, está a nuestro alcance remediarlo.

La amistad no es otra cosa que el cariño que sentimos hacia una persona y que hace que procuremos su bien. Hay amistades naturales, como las que surgen de los lazos familiares, y que son fáciles de cultivar, aunque a veces las descuidamos mucho por el egoísmo siempre presente en nuestras acciones; hay también otras amistades a las que podríamos llamar «obligadas» que son las que surgen del compañerismo en la escuela o el trabajo, o por la vecindad, o por el trato frecuente dictado por las necesidades de la vida. Todas esas son buenas amistades y se siente cariño por ellas. Es nuestro círculo de amigos.

Finalmente, hay otra amistad muy especial con alguna o algunas personas, no muchas, con las que nos identificamos tan plenamente que a veces hasta decimos de ellos que son «mi otro yo». Con ellos nos sentimos a gusto y nos comprendemos perfectamente.

¿Se puede definir esa amistad?

Pensamos que no, simplemente esa amistad se vive. Esos amigos, muchas veces no encajan en las definiciones dictadas por el romanticismo porque son seres comunes y corrientes, llenos de defectos humanos que, sin embargo, no impiden esa comunicación tan especial entre dos personas que se quieren. Si los queremos, ellos son nuestros amigos; si, además, ellos nos quieren, a lo mejor, son nuestros mejores amigos.

La amistad es necesaria, no podemos vivir sin amigos. Es vital amar y ser amado. Esta necesidad normalmente la suple la amistad natural surgida de la familia, pero ese hermoso círculo familiar necesita ampliarse para enriquecer nuestra vida, ¡y para enriquecer la de otros! Porque nuestra amistad es un verdadero tesoro. La soledad hace daño. El no tener amigos y el creer que no se pueden tener, termina por enfermar el alma. La amistad alienta, anima, fortalece y cura los males del alma.

¡Cuánta seguridad te da el saber que cuentas con un amigo en cualquier momento! ¿Y cómo se hace para tener amigos? ¿Cómo se hace para aprender a nadar? ¡Pues metiéndose al agua! La única forma de tener amigos es abrirse a los demás, ser amable y servicial. Los lugares que normalmente frecuentamos por las obligaciones de nuestra vida diaria son las minas donde, buscando, podremos encontrar una buena amistad que será como una pepita de oro. Pero nada impide que seamos aventureros y experimentemos en otros ambientes, buenos, donde podremos encontrar personas con gustos afines a los nuestros.

Para cultivar la amistad:

. Las amistades son valiosas, exigen que echemos raíces en un domicilio. Cuando nos cambiamos de casa sacrificamos muchas relaciones buenas.

. La amistad exige tiempo. Ser amigo es tener tiempo.

. Tu amistad vale mucho si eres capaz de escuchar y no solo de hablar.

. No hay barreras para la amistad. Ni la edad, ni la religión, ni los ideales políticos, ¡ni el idioma!, impiden ser amigos.

. Es muy cierto que en la cárcel y en la enfermedad se conocen los amigos. Podríamos añadir que también en la pobreza.

. «La amistad viene de Dios y a Dios debe volver».

Un verdadero amigo es aquel que se interesa en el bien y la felicidad del amigo, esto le lleva a no buscar tener amigos, sino a buscar «ser amigo».

Cuando estamos inmersos en un problema y pensamos que no podremos salir, cuánto deseamos la mano de un amigo fiel y verdadero que nos brinde su consuelo y su aliento. Su consejo nos da ánimo, su compañía paz, y hasta su simple presencia nos obliga a mantenernos en pie, firmes como los árboles.

Hay quienes «desean» tener muchos amigos para «sentirse populares», presumen de amigueros. Viven para su buena fama y desprecian a los que no pertenecen a su «bolita». ¡Pobres insensatos! Ignoran que no tienen ningún amigo y que ellos, de amigos, no tienen nada.

Un verdadero amigo no busca «tener amigos», sino «ser amigo». Con todo lo que esto implica. No le importa ni la fama, ni el dinero, ni el coche del otro. Le interesa el bienestar y la vida de su amigo.

No se puede llamar amigo a cualquiera.

El amigo, dicho con todas las de la ley, busca solo el bien de su amigo, aunque le cueste. Está en las buenas y en las malas, siempre cerca. Perdona y excusa las ofensas y los errores con paciencia. Y si le compete lo corrige y lo ayuda con sinceridad. Si el amigo cae, lo levanta. Si está herido lo cura y lo lleva en brazos. Luchan juntos en la vida y se impulsan en los ideales. Se alegra cuando el amigo se alegra y sufre con el amigo que sufre. Los dos son «un solo corazón y una sola alma».

El amigo tiene el corazón puesto en el amigo y le procura el mayor bien: llevarlo al Cielo. No busca acumularlo aquí en la tierra, sino que su amistad esté arraigada en Cristo.

Un amigo es también un hermano. El hermano es, de hecho, el amigo que la naturaleza nos da y nos unen vínculos de sangre.

El amigo, no será sangre de su sangre, pero es alma de su alma, y los une un vínculo irrompible.

No se nace con la amistad, pero sin ella es imposible crecer. Para el niño, el amigo significa mucho y crece con sus amigos. Es mejor descubrir la vida en aventuras junto a un amigo, que solo. «El hierro con el hierro se aguza y el hombre con su prójimo se afina» (Proverbios 27, 17).

No cabe duda, el amigo es uno de los mayores tesoros que Dios nos ha dado, un impulso para llegar al Cielo.

Cristo, el mejor Amigo, nos sublima esta virtud, y nos lo confirma en el Evangelio: «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos».