Colaboraciones

 

El espíritu no se identifica con la razón

 

 

03 enero, 2022)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Ni la razón, ni los sentimientos, ni la voluntad pueden arrojarse la paternidad de la persona humana. Estos no son más que instrumentos que ayudan al hombre para sobrevivir en el mundo material, y no la entidad que le define y le distingue del resto de la creación.

Una confusión que perdura desde hace siglos, sobre todo, en el Occidente, identifica el espíritu con la razón. La razón sería la sede de la persona humana, «cogito, ergo sum», de Descartes. «El hombre es un animal racional», se afirma en una archiconocida definición. «Quien atenta contra la razón, atenta contra el espíritu», se oyen protestas de muchas partes. Entre otros, Karl Jaspers y Giovanni Papini se han prestado a defender la razón como instrumento del conocimiento. Corneliu Codreánu, doctrinario de la acción creadora, rechaza la razón como factor determinante en la vida del individuo. Repudia la materia, pero también la razón. Se ha concedido demasiada confianza a estas entidades y los resultados son devastadores. «La razón —dice Corneliu Codreánu—, ha levantado al mundo contra Dios. Nosotros, sin echarla y menospreciarla, la vamos a situar allí donde tiene su lugar, al servicio de Dios y de las finalidades de la vida».

Vamos a meditar un poco sobre esta frase. Analizando desde el punto de vista histórico las actividades de la razón, descubriremos en ella comportamientos extraños. En la filosofía escolástica, la razón gozaba de tanta veneración, que el ejercicio del silogismo, con todas las sutilezas y los refinamientos posibles, constituía la pieza capital de la enseñanza. Pero, ¿qué ocurre durante la Revolución francesa? La misma razón fue elevada al rango de deidad y se le ha constituido un culto oficial. En su nombre las iglesias son incendiadas y se lanzan piedras contra Dios. En el siglo XIX, la razón engendra la doctrina atea del materialismo. ¿Qué confianza podemos depositar en la capacidad de la razón para descubrir la verdad, cuando nos ofrece resultados tan contradictorios, durante diversas épocas? Posiblemente que la razón no es el instrumento adecuado para el conocimiento de la verdad, tal vez se le emplea erróneamente en sectores que superan su competencia.

La debilidad de la razón se hace patente cuando comprobamos que ella se halla dispuesta a servirnos argumentos para cualquier finalidad, creencias, ideas, e incluso, para cosas absurdas. Para el exterminio de los enfermos incurables, de los inválidos, de los locos, los dirigentes del Tercer Reich encontraron argumentos muy sólidos, basados en la genética y en las teorías raciales. El marxismo, también con argumentos racionales proclama la necesidad de destruir clases enteras de una nación, con el fin de asegurar el triunfo de la dictadura del proletariado. Incluso en los países de la Unión Europea, ¿no asistimos a los debates del parlamento donde con «pruebas científicas y bien expuestas racionalmente», se ha legalizado y primado la homosexualidad? Más aún, ¿cuántas aberraciones no son admitidas por los legisladores, por la sociedad, cuántas son difundidas por los escritores a base de unos «raciocinios» muy sólidos en apariencia? Las tiranías comunistas, con los millones de muertos, ¿no han sido justificadas en el mundo libre como una nueva forma social? Unos bandidos, unos asesinos, unos monstruos, unos torturadores de pueblos, han sido presentados durante años, con lujo de dialéctica, como unos reformadores sociales y genios de la Humanidad.

He aquí las perfidias de la razón, he aquí qué platos envenenados nos sirve si no vigilamos sus actividades.

Si admitimos que la razón forma el centro de la persona humana, ¿cómo contestaremos a otra cuestión? También los animales poseen una inteligencia, como lo demuestra la psicología animal, una inteligencia, bien entendido, limitada a su categoría biológica. Los animales igualmente razonan, ellos son también capaces de sacar ciertas conclusiones, de ciertas premisas. El silogismo le es también familiar a los animales. En esto se funda su amaestramiento.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Aceptamos la teoría evolucionista y nos declaramos también animales, poniéndonos en la misma categoría con los peces, los pájaros y los cornúpetas? ¿Somos también unos animales dotados con una inteligencia superior a los que se hallan debajo de nosotros en la escala biológica?

Sin embargo, el hombre posee, además, el poder creador.

Y nosotros preguntamos a los que sostienen que el hombre desciende del mono o de otros animales: pues bien, ¿qué queréis demostrar con esto? A pesar de que el hombre se separa del más evolucionado animal, por su enorme inteligencia, no es la inteligencia su característica principal. El hombre posee, en comparación con el animal, algo más: el poder creador. El hombre vivía antaño en cavernas y hoy día vive en palacios, mientras que el animal, a pesar de que él está también dotado con inteligencia, no se puede elevar por encima de sus condiciones de vida. Ningún animal se ha imaginado alguna vez poder vivir de otra manera que en su escondrijo. El animal permanece eternamente prisionero de la naturaleza. El hombre puede emanciparse de la tiranía de las leyes de la naturaleza, porque posee una facultad desconocida para el reino animal, que es su fantasía creadora, este don misterioso que revela su esencia divina.

Existe, además, una lógica primitiva como lo han demostrado los sociólogos que han estudiado las tribus de Africa, Asia, Australia y América, fundamentalmente distintas de nuestra lógica europea. Nuestras categorías mentales no se asemejan con las de las civilizaciones primitivas. Se observa, incluso, que cada civilización posee su lenguaje lógico, e incluso, de pueblo a pueblo, en el cuadro de la misma civilización, se notan ciertos matices.

¿Cómo nos orientamos en este caso? ¿Puede constituir la razón la esencia de la persona humana, cuando la misma razón sufre tantas transformaciones, según la civilización que la emplea?

En nuestros días ocurren también otras cosas extrañas con la razón, logrando desconcertarnos. Parte de las funciones de la razón, y no de las menos importantes, como lo son los cálculos matemáticos, han sido transferidas a las máquinas. La cibernética trabaja sobre bases racionales y ha facilitado enormemente el esfuerzo de nuestra inteligencia. Pero estos ordenadores, estas computadoras, como se denominan, estas máquinas que piensan por nosotros, ¿han sustituido al hombre como pretenden algunos exaltados del progreso técnico?

En absoluto. La persona humana permanece la misma. El hombre ha creado estas máquinas y ellas sirven a su expansión en el mundo, pero actuando siempre bajo su control.

En el caso de la cibernética, la diferencia entre la razón y la persona humana aparece todavía más evidente. La cibernética demuestra que el hombre no es razón o no es solo razón; por esto fue capaz de construir máquinas que se encargan de razonar por él. Pero ha sido sustituida por las máquinas solamente la razón, no el hombre en sí, quien tiene algo más que le eleva por encima de la razón y, desde luego, por encima de las máquinas que él ha construido. Es el hecho creador lo que distingue al hombre de estas máquinas y de los procesos racionales para los que ellas sirven.

Entonces, ¿qué es la razón? Es un auxiliar de la persona humana. La razón ayuda a la organización de la vida material y de la vida social. Es un instrumento de comunicación entre los hombres, exactamente igual que el lenguaje. Un gran profesor de lógica de Bucarest, Nae lonescu, explica que la razón no sirve al conocimiento de la verdad, sino para su transmisión. Es una especie de cinta transportadora de las verdades que obtenemos por otras vías estrictamente personales.

De hecho, nosotros no pensamos haciendo silogismos como nos enseña la lógica formal. Las ideas nos aparecen instantáneamente. Vamos a pensar en la manzana de Newton que caía del árbol y que, a la vista de este hecho, se le pasó por la mente, como un rayo, la ley de la gravedad.

Solo cuando se trata de comunicar a otra persona nuestro pensamiento entonces tenemos que emplear la cadena de los silogismos. La verdad que a nosotros ha aparecido espontáneamente, para que sea comprendida por los demás, debe ser fragmentada, debe ser ofrecida trozo por trozo. Exactamente como pasa con una medicina que no se puede tomar de una sola vez, sino cucharilla tras cucharilla.

La meta principal de la razón es aquella de hacer accesible a otros las verdades adquiridas por nosotros fulminantemente, en virtud de una disposición especial de nuestra alma, y que, sin esta cinta transportadora, permanecerían incomprendidas.

No es de extrañar, pues, que exista una lógica primitiva y un modo de pensar de cada civilización, puesto que la razón siendo un instrumento de comunicación de las ideas, se adaptaría de manera natural al ambiente específico de las grandes comunidades humanas.

Por tanto, empleamos la razón en el lugar que le corresponde, al servicio de Dios y a las finalidades de la vida. En cuanto a la persona humana se refiere, debemos emprender una incursión más profunda en nuestro fuero interno, para descubrirla. Ella yace igual que el oro en el fango de una mina y tenemos que remover mucha tierra y rocas hasta localizarla.