Colaboraciones

 

Último fin sólo es Dios

 

 

 

 

09 noviembre, 2022 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

Siendo la persona un fin en sí misma no es en modo alguno fin de sí misma. Las personas creadas no son «último fin de sí mismas». Último fin sólo es Dios. Pero insistimos, Dios nos crea no como «medios» para obtener Él algo que no tenga o no pueda. Esto es imposible. Si decimos que el fin del hombre es dar gloria a Dios, no queremos decir que Dios «necesite» que le demos gloria, sino que nosotros necesitamos dar gloria a Dios para ser hombres cabales, perfectos, intelectual y afectivamente «satisfechos».

Dios no me ha creado para convertirme en «medio» de conseguir algo «para Él». No; Él me ha creado por amor, porque Él es amor. Y me ha creado para el amor, para amarme y para que yo encuentre en Él la infinitud de la perfección, que no es otra cosa que Amor.

Dios no nos crea y ama porque le resultemos «útiles». Dios nos amaría, aunque estuviésemos paralíticos del todo, aunque «no sirviéramos para nada». Dios no nos ha creado para «servirle» sino para amar, para amarnos y para que le amemos. Y resulta que, al amarle, nuestro mayor gozo es servir a sus designios de amor sobre la Humanidad. En el fondo, cuando el hombre es generoso con Dios, al querer a Dios, quiere lo que Dios quiere, y sin querer está sirviendo a toda la humanidad y a sí mismo. La persona vale en la medida en que ama, un hombre vale lo que vale su corazón. Y mientras el corazón esté latiendo y sea capaz de amar o de convertirse al amor, es un «crimen» quitarle la vida, también cuando se hace «por compasión». Esa compasión más bien es un egoísmo de los que tienen que sufrir algo con el «inútil», porque si le amaran de verdad, lo que harían es consolarle en el sufrimiento, poner todos los medios a su alcance para persuadirle, si no lo está, de que su existencia, sigue siendo más valiosa que el universo y merece cualquier sacrificio.

Aunque yo no sirviera «para nada», Dios me hubiera creado y amado igualmente. Por eso Juan Pablo II no se cansó de repetir con el Concilio Vaticano II que «el hombre es la única criatura que Dios ha querido por sí misma» (GS 24).