Colaboraciones

 

La persona es un fin en sí misma

 

 

 

 

10 noviembre, 2022 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

La persona es mucho más que un «simple-individuo-de-una-especie». La persona —es decir, «yo», y «tú»— posee «interioridad», capacidad de «reflexión» y por ello de «autodeterminación», de «dominio de sí». Es «sui iuris», como decían los antiguos. Mi «yo» es singular, insustituible, intransferible, irrepetible. Nadie hay como yo, ni que pueda decir «yo» en mi lugar.

Esto significa que yo, en rigor, no soy «medio» o «instrumento» para la perfección del mundo: soy un fin en mí mismo. Yo no existo sólo para representar una especie (aunque sea la humana), como les acontece a los individuos irracionales, que no tienen dominio de sí, ni del mundo, ni saben lo que hacen, ni para qué lo hacen, ni para qué sirven. La persona no existe para otro fin distinto de sí misma. La persona no es «para» nadie, en el sentido de «medio» o «instrumento» utilizable para alcanzar los fines de «otro». Este es un punto capital que subraya la Instrucción Vitae donum, que interesa enormemente.

Yo, por supuesto, no soy «último fin» de mí mismo, porque soy criatura. Ultimo fin sólo es Dios. Yo soy criatura de Dios, por tanto «yo soy de Dios». Pero Dios no me crea como «medio» para obtener algo de mí. Yo no puedo darle nada que no tenga. Yo, en rigor metafísico, no «sirvo de nada a Dios». Dios no necesita para nada de mí, ni de nadie. Y, sin embargo, libérrimamente me ha creado. ¿Por qué? ¿Para qué?

Esto es ciertamente impresionante. Aunque yo no sirviera «para nada», Dios me hubiera creado y amado igualmente. Por eso Juan Pablo II no se cansó de repetir con el Concilio Vaticano II que «el hombre es la única criatura que Dios ha querido por sí misma» (GS 24).

Un gran misterio el del amor de Dios a mi yo, a mi libertad, y su respeto a mi dignidad.

Ser hombre, humanizarse, es siempre una tarea larga, un tributo costoso a la paciencia. Pero vale la pena.