Colaboraciones

 

Cultura de la indiferencia

 

 

 

 

17 noviembre, 2022 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

«En una sociedad frecuentemente ebria de consumo y de placeres, de abundancia y de lujo, de apariencia y de narcisismo, Él nos llama a tener un comportamiento sobrio, es decir, sencillo, equilibrado, lineal, capaz de entender y vivir lo que es importante. En un mundo, a menudo duro con el pecador e indulgente con el pecado, es necesario cultivar un fuerte sentido de la justicia, de la búsqueda y el poner en práctica la voluntad de Dios. Ante una cultura de la indiferencia, que con frecuencia termina por ser despiadada, nuestro estilo de vida ha de estar lleno de piedad, de empatía, de compasión, de misericordia, que extraemos cada día del pozo de la oración» (Homilía del Papa Francisco, 24 de diciembre de 2015).

La indiferencia es un fenómeno preocupante. No se toma ya, como algo importante la existencia de Dios, no es inquietante el sentido de la vida, ni del sufrimiento, e incluso de la muerte… Diariamente las noticias nos hablan de miles de muertos en un lugar y otro de nuestro planeta, de gente que sufre, que muere de modo dramático y nos vamos acostumbrando poco a poco y lentamente al dolor… La indiferencia sea quizá el escudo a esta nueva forma de ver y vivir la vida…

Vivimos con desenfreno el consumismo. Solo es importante el «aquí y el ahora».  Cuánto tienes y no cuánto vales. Hay una flojera enfermiza que nos deja insensibles y no nos permite preguntarnos, ¿quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos?

Algunos «católicos» no quieren agobiarse con las prohibiciones que encuentran en Los Mandamientos de la Ley de Dios…, haciendo un Cristo a su manera, un Dios más laxo, más «light» que les permita vivir cómodamente y que no signifique ni donación ni sacrificio… Les aburre, les fastidia y prefieren adentrarse en el mundo de los astros, etc.

El Papa Francisco ha hablado de la indiferencia y lo ha hecho con pena y preocupación. Esta indiferencia es como una gran epidemia que hace enfermar al mundo y se va infiltrando en la mente y en las almas de los que se dejan contaminar por ella sin poner objeción por ser así, una postura cómoda y fácil.

Seamos valientes para vivir una vida llena de pasión y sobre todo empeñarnos en una búsqueda de Dios y hacerlo el Eje de nuestra existencia porque todo lo demás se nos dará por añadidura.

Dios no es indiferente. A Dios le importa la humanidad, Dios no la abandona.

Si no tenemos cuidado, la indiferencia puede causar daño en nuestra alma. Sí, no lo dudemos. Puede adquirir una de las enfermedades más graves que asolan a la humanidad.

No hay un solo día en que no se nos hable de catástrofes. De eso viven algunos medios de comunicación. ¿Por qué silencian a millones y millones de hombres, mujeres y niños a los que les asalta cada año la enfermedad?

¿Hablan alguna vez de la lepra y de la tuberculosis, las dos enfermedades de la pobreza que, como hachas de muerte, siegan la vida de muchos sin que se hable para nada de esta noticia. Es que no se vende. ¿Qué es lo que se vende entonces? Lo malo, lo porno, lo escabroso...

Pero hay Alguien que les ayuda a triunfar. La Providencia encarnada en personas que tienen alma y cuerpo y nombre propio: los bondadosos, los que, sintiéndose hermanos de los hermanos, dan parte de sus bienes o todos para que salga airoso por los cuatro vientos del cielo el amor desinteresado.

La indiferencia, es una de las formas más crueles de la violencia que no se ve, pero va creciendo con detalles del día a día que parecen inocuos y con heridas al principio imperceptibles pero que dejarán una enorme cicatriz en el corazón.

La indiferencia es una forma de violencia psicológica que, entre otras cosas, produce, por ejemplo, en el niño baja autoestima y destruye su integridad, los hace más vulnerables socialmente, provoca desobediencia a las normas establecidas, baja empatía y tolerancia con los demás. ¿Por qué la indiferencia hace tanto daño? Porque hace a la persona sentirse que no es importante ni valioso, que no existe.

Muchas veces los padres no somos conscientes del daño que provocamos en nuestros hijos. Ellos necesitan nuestro amor traducido en reconocimiento con palabras, sonrisas, miradas de aprobación; requieren de nuestro estímulo y nuestro tiempo para saberse valorados e incondicionalmente aceptados.

«Obras son amores», dice el viejo refrán. La próxima vez que prefieras usar el móvil, conectarte al ordenador, ver la televisión, ignorando a tus hijos cuando te necesiten o en los tiempos de convivencia familiar, piénsalo dos veces y recuerda que la única actividad y profesión en que jamás serás sustituido, es en la de ser padre, y no puedes fracasar. El tiempo y las oportunidades pasan rápidamente, y el amor se traduce en hacer felices a quienes amamos.

El individuo solo sale de su zona de confort individual movilizado para grandes campañas mediáticas que pretenden conmover ante crisis de humanidad. Un día son los refugiados deambulando por Europa, el otro los damnificados de un desastre natural, más adelante, cuando las fiestas navideñas asoman las maratones solidarias, hacen rascarse el bolsillo y las colectas de alimentos nos recuerdan que en nuestra sociedad hay gente que pasa hambre. ¿Qué pasa el resto de días?, ¿no es necesaria la compasión ante el dolor de los demás?, ¿no hay que invertir esfuerzos personales para aliviar el sufrimiento de los demás?, ¿el sufrimiento de los demás nos deja indiferentes?

Hay demasiados silencios ante las injusticias. La indiferencia es demasiado grande o se delega la solidaridad. Hay que pasar por la vida defendiendo algo, denunciando las injusticias. No puede haber indiferencia sostenida. Como tampoco puede haber silencio ante la complacencia con las injusticias vengan de donde vengan. No podemos ser sumisos, obedientes, complacientes, gregarios o hipócritas ante el dolor de los demás. Hemos de sabernos conmover ante el sufrimiento de la humanidad y actuar en favor de hacer este mundo más justo.