Colaboraciones

 

Sí a la vida, contra la violencia

 

 

 

 

18 noviembre, 2022 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

El no a la violencia será coherente cuando promueva la tutela de los más débiles: los hijos antes de nacer, los enfermos, los abandonados, los ancianos y los pobres.

La cultura de la violencia provoca daños, heridas, destrucción, muerte. La cultura de la violencia discrimina y abandona sobre todo a los más débiles, los más indefensos, los más vulnerables: los hijos antes de nacer.

La cultura de la vida está en contra de la violencia y a favor de los débiles. Porque considera que ningún ser humano debe ser discriminado injustamente si carece de dinero, o si es de una religión determinada (o si no tiene ninguna religión), o si pertenece a una raza concreta, o si carece de salud, o si todavía no ha nacido.

La raíz del amor a la vida, del respeto de los débiles, es muy sencilla: todos son iguales ante la justicia, todos merecen respeto y ayuda, todos deben poder desarrollarse libremente en su camino personal, único, intransferible.

Por desgracia, grupos poderosos acusan a los movimientos provida de promover la violencia, la intolerancia, incluso el crimen. En realidad, ningún auténtico miembro de la cultura de la vida puede apoyar violencias asesinas y arbitrarias.

Habría que analizar, entonces, de dónde surge ese deseo de desprestigiar a los grupos provida, quiénes están detrás de frases fáciles que llegan a calificar a los defensores de los débiles como potenciales terroristas, como enemigos de la mujer, como intolerantes fanáticos, como liberticidas.

El auténtico enemigo de la libertad no está en la cultura provida. Porque la defensa del derecho a la vida nunca es «liberticida», sino que permite el respeto hacia un derecho fundamental sobre el que se construye cualquier sistema democrático justo: el reconocimiento de la dignidad del otro, la defensa de su integridad física, el compromiso por ofrecerle asistencia y ayuda en sus necesidades más fundamentales como miembro de la gran familia humana.

La violencia debe ser condenada en su raíz. La protesta social contra asesinatos de inocentes ha de estar acompañada por la reacción de todos los hombres y mujeres de buena voluntad ante quienes defienden falsos derechos, ante quienes creen que hay progreso cuando se permiten crímenes como los del aborto o la eutanasia.

El no a la violencia será entonces coherente, auténtico, incluyente: porque sabrá promover la tutela de los más débiles: los hijos antes de nacer, los enfermos, los abandonados, los ancianos y los pobres.

Hay muchas maneras de dañar a una persona. La historia de la violencia puede recordar toda una serie de instrumentos, «técnicas», acciones agresivas, etc., que se han ido utilizando a lo largo de los siglos, en todas las culturas y en todos los rincones del planeta.

El mundo moderno y civilizado de inicio de siglo y de milenio parece no saber cómo salir de esta maraña de violencias y atropellos cotidianos. Y, sin embargo, la salida es posible, y está en las manos de cada uno de nosotros.

Sí: el círculo del odio y la violencia empieza a romperse cuando un hombre o una mujer no responden con violencia a quien usa de violencia contra ellos. Se dice que la violencia engendra violencia, como una cadena que no deja espacio a otras respuestas, y puede ser verdad en muchos casos. Pero los cristianos tienen la fuerza para superar el alud del odio y la venganza con el arma invencible del perdón y de la acogida sincera y leal del otro, también del enemigo…

Cuando los hombres crucificamos a Jesús, el Hijo de Dios, teníamos motivos de sobra para temblar ante una posible réplica justa, «vengativa», de Dios Padre. La respuesta nos sacó de todos nuestros esquemas: Dios respondió con el perdón, ese perdón capaz de superar el odio con el amor, y de empezar algo nuevo que el mundo hasta entonces no había podido comprender.

Cada uno, por lo tanto, puede perdonar. El perdón no es señal de debilidad, sino de fortaleza. Y, si nos faltan las fuerzas para hacerlo, podemos mirar al Cristo crucificado y recoger, de sus heridas, ese bálsamo que cicatriza las heridas y comienza a cambiar las relaciones entre los hombres. Sanará nuestro corazón y, con su ayuda, nos permitirá cambiar el corazón del otro. Así ocurrió con los primeros cristianos. Así ocurre en cada historia humana que es alcanzada por el amor de Dios.

En palabras del Papa Francisco: «La violencia contra cualquier persona es contraria al mensaje de Jesús»: «Este mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, también ustedes deben amarse los unos a los otros» (Jn 13:34).

El Santo Padre señala que «la paz empieza en casa. ¡Entre nosotros! Después se extiende a toda la humanidad… ¡pero debe comenzar en casa!».