Colaboraciones

 

Violencia doméstica

 

 

 

 

18 noviembre, 2022 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

La violencia doméstica afecta a millones de personas. Puede suceder en todas las edades y todos los orígenes económicos, educativos, culturales y religiosos. Sin embargo, el 95% de las víctimas son mujeres violentadas por hombres. La violencia contra la mujer de ninguna manera puede ser justificada.

Cuando existe violencia contra la mujer, se están violando los principios básicos cristianos: dignidad, igualdad, solidaridad, respeto y paz.

Este tipo de comportamiento proviene de patrones aprendidos en el que el agresor gana y mantiene el poder y control sobre la víctima a través del miedo. Puede ser física, emocional, sexual, económica y/o patrimonial. Muchas víctimas han sido llevadas a creer que no valen nada, que los problemas existentes son su culpa. Llegan a cambiar y negar su propia personalidad e identidad. Se anulan a sí mismas. Con el paso del tiempo, la violencia se va incrementando y pasa con mayor frecuencia haga lo que haga la mujer.

Es necesario recordar lo que la Santas Escrituras nos indican:

 «Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo» (1 Pedro 3:7).

Según el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (2005), «el amor hace que el hombre se realice mediante la entrega sincera de sí mismo. Amar significa dar y recibir lo que no se puede comprar ni vender, sino solo regalar libre y recíprocamente» (n. 221), «gracias al amor, realidad esencial para definir el matrimonio y la familia, cada persona, hombre y mujer, es reconocida, aceptada y respetada en su dignidad» (n. 221).

Sigue diciendo el Compedio: «El ser humano ha sido creado para amar y no puede vivir sin amor. El amor, cuando se manifiesta en el don total de dos personas en su complementariedad, no puede limitarse a emociones o sentimientos, y mucho menos a la mera expresión sexual. Una sociedad que tiende a relativizar y a banalizar cada vez más la experiencia del amor y de la sexualidad, exalta los aspectos efímeros de la vida y oscurece los valores fundamentales. Se hace más urgente que nunca anunciar y testimoniar que la verdad del amor y de la sexualidad conyugal se encuentra allí donde se realiza la entrega plena y total de las personas con las características de la unidad y de la fidelidad. Esta verdad, fuente de alegría, esperanza y vida, resulta impenetrable e inalcanzable mientras se permanezca encerrados en el relativismo y en el escepticismo» (n. 223).

«La naturaleza del amor conyugal exige la estabilidad de la relación matrimonial y su indisolubilidad. La falta de estos requisitos perjudica la relación de amor exclusiva y total, propia del vínculo matrimonial, trayendo consigo graves sufrimientos para los hijos e incluso efectos negativos para el tejido social» (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 225).