Colaboraciones

 

La dictadura del relativismo

 

 

 

13 enero, 2023 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

El 2 abril de 2005 falleció el Papa Juan Pablo II. Del cónclave subsecuente saldría electo el Papa Benedicto XVI. A punto de comenzar ese cónclave, el mismo cardenal Ratzinger, como decano del colegio cardenalicio, impartió la homilía durante la misa «Pro eligendo Pontifice». En esa homilía denunció «la dictadura del relativismo», una dictadura que zarandea con «cualquier viento de doctrina» a los cristianos, les impide crecer en «la madurez de Cristo» y los deja como «niños en la fe, menores de edad» (cf. Carta a los Efesios 4, 14):

«¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento!... La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cf. Ef 4, 14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse «llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida solo el propio yo y sus antojos».

Obviamente su denuncia no era una mera lamentación estéril y de inmediato agregaba la solución:

«Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el hombre verdadero. Él es la medida del verdadero humanismo. No es «adulta» una fe que sigue las olas de la moda y la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad. Debemos madurar esta fe adulta; debemos guiar la grey de Cristo a esta fe…» (Homilía del cardenal Joseph Ratzinger, Misa «Pro eligendo Pontifice», 18 de abril de 2005).

El Papa emérito habla de diversas amenazas actuales para la Iglesia: «la dictadura mundial de ideologías aparentemente humanistas», el «credo anticristiano», «la excomunión social» o el «poder espiritual del Anticristo». Algunos fragmentos textuales son:

«Pero la verdadera amenaza para la Iglesia y, por lo tanto, para el ministerio de San Pedro no consiste en estas cosas, sino en la dictadura mundial de ideologías aparentemente humanistas, y contradecirlas constituye una exclusión del consenso social básico».

«Hace cien años, todos hubieran pensado que era absurdo hablar de matrimonio homosexual. Hoy, el que se opone es socialmente excomulgado. Lo mismo se aplica al aborto y la producción de seres humanos en el laboratorio».

«La sociedad moderna está en el proceso de formular un “credo anticristiano”, y resistirlo se castiga con la excomunión social. El miedo a este poder espiritual del Anticristo es, por lo tanto, demasiado natural, y realmente se necesitan las oraciones de toda una diócesis y de la Iglesia universal para resistirlo».

Se agradece esta última denuncia en un mundo que hace tiempo se alejó de Dios y está apostatando de la razón. A nivel humano se cumple aquello del famoso grabado de Francisco de Goya: «El sueño de la razón produce monstruos». Y en un nivel más profundo, no es menos cierto el influjo de Satanás. La clara alusión de Benedicto XVI al Anticristo no es exagerada y está en consonancia con la auténtica doctrina de nuestra fe.

San Pablo nos exhortaba en los albores del cristianismo:

«Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire» (Carta a los Efesios 6, 11-12).

Y el Concilio Vaticano II declaraba en pleno siglo XX:

«A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final» (Gaudium et spes, n. 37).

Jesucristo mismo fue claro al referirse a Satanás como «el príncipe de este mundo» (cf. Juan 12, 31; 14, 30; 16, 11).

En conclusión, los propios católicos debemos tomar nota para no contemporizar con un mundo que por definición es antagónico a Dios. Buscamos la salvación de toda persona, sin excluir a nadie, pero rechazando claramente y sin complejos los errores de este mundo.