Colaboraciones

 

Simone de Beauvoir. Teología de la mujer y teología feminista

 

 

 

06 julio, 2025 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Simone de Beauvoir (existencialista atea, 1908-1986) —una famosa feminista— llegó a decir que «no se nace mujer, llega una a serlo». Es cierto que nadie nace adulto; pero ello no quiere decir que la niña Beauvoir no tuviera los cromosomas XX desde que fue concebida...

El profesor Josep-Ignasi Saranyana Closa (Barcelona, 1941) nos dice en qué se distingue la teología feminista de la teología de la mujer:

La teología de la mujer se construye «desde arriba», considera a la mujer desde la Revelación. Atiende ante todo a la gran tradición de la Iglesia.

La teología feminista, en cambio, va «desde abajo». No hace a un lado la Revelación, pero la considera como un lugar teológico secundario. Es más bien una sociología religiosa, cuando no un puro análisis psicológico de las vivencias y sentimientos femeninos. No es teología en sentido puro. Con frecuencia, además, tiene carácter reivindicativo y polémico.

La teología feminista parte de un proyecto más amplio que es la «teoría feminista»; esta surge de la conciencia y de la política y acción social feministas; reconoce una opresión de las mujeres y las alienta a señalar esa opresión y a ponderar sus orígenes.

En cada era, la Iglesia Romana ha sostenido la dignidad de la mujer, lo sagrado del matrimonio y la inviolabilidad de la vida y de la familia. Con la Iglesia católica las mujeres experimentaron la liberación de su persona. La Iglesia católica debería ser reconocida como liberadora de la mujer, no como su opresora. Aún hoy, después de 2.000 años, cuando en algunos ámbitos la Iglesia es vista como opresora de las mujeres, esta continúa defendiendo su femineidad y su dignidad, tanto en el matrimonio, como en la moral sexual y en la vida pública. Por el contrario, una teología cristiana feminista intenta articular el testimonio cristiano de fe desde la perspectiva de las mujeres, como grupo oprimido.

Sabemos que la mujer no es más mujer porque acepte la cosmovisión masculina. Lo es porque reconoce y acoge su diferencia, la fecundidad y la maternidad. La maternidad y la paternidad son posibilidades humanas esenciales y con frecuencia resulta doloroso estar privado de ellas. Traer al mundo a un niño(a) y educarlo desde su infancia implica siempre para los seres humanos la cuestión más alta del sentido de su existencia. La misma Simone de Beauvoir (El Segundo Sexo, 1949), en sus últimas obras, asume contradicciones y constata que ha fracasado, parece arrepentirse y habla de «la mujer rota»: quien ha destruido su identidad femenina.

Hemos de reconocer que la «mujer» es la representante y el arquetipo de todo el género humano, es decir, representa aquella humanidad que es propia de todos los seres humanos, ya sean hombres o mujeres. Por otra parte, el acontecimiento de Nazaret pone en evidencia un modo de unión con el Dios vivo, que es propio sólo de la «mujer», de María, esto es, la unión entre Madre e Hijo. En efecto, la Virgen de Nazaret se convierte en la Madre de Dios.

¿Y cuál es su misión? La dignidad de la mujer se relaciona íntimamente con el amor que recibe por su femineidad y también con el amor que a su vez ella da… Si la dignidad de la mujer testimonia el amor que ella recibe para amar a su vez, el paradigma bíblico de la «mujer» parece develar también cuál es el verdadero orden del amor que constituye la vocación de la mujer misma. La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano… esta entrega se refiere especialmente a la mujer, sobre todo en razón de su femineidad, y ello decide principalmente su vocación (carta apostólica Mulieris dignitatem, de san Juan Pablo II).