Colaboraciones

 

Cuando se pierde el sentido del pecado se acentúa más la pérdida del sentido de lo sagrado

 

 

 

17 julio, 2025 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Vivimos en una sociedad marcada por un clima de irritación y confrontación. Todos los días estamos expuestos al odio, a las agresiones, a la violencia, a las faltas de respeto y a las expresiones vulgares. Se siente y se sufre el rencor, la envidia, la rabia y el odio que se respira en distintos lugares. Ni los hogares ni los ambientes escolares se libran de un ambiente descompuesto como este.

En los medios de comunicación, en las redes sociales y en diferentes lugares donde transitamos todos los días lo constatamos y padecemos. No es sólo que seamos afectados y alcanzados por este tipo de agresiones verbales y actitudes hostiles, sino que también nosotros le vamos abonando a este ambiente.

Se da el caso que ante los ataques asumimos la misma lógica del agresor y respondemos muchas veces de manera impulsiva con insultos y descalificaciones, incluso en situaciones del todo triviales e intrascendentes. El ambiente nos ha alcanzado y nos revoluciona de tal manera que nos cuesta contenernos y reaccionar con cordura, con educación, con comprensión, con caridad y con inteligencia.

Un ambiente generalizado de insultos, agresiones, descortesía, faltas de respeto y expresiones vulgares forma parte de este proceso de descomposición social en el que se está dejando de valorar la vida y la dignidad humana. Un ambiente como este nos lleva paulatinamente a pisotear la verdad y el sentido profundo de la vida, así como los valores humanos.

El mal ha venido afectando de manera sistemática nuestra vida y las relaciones humanas. No sólo vamos perdiendo el sentido del bien, de la verdad, de la honradez y de la justicia, sino que aplaudimos, celebramos y justificamos el mal que termina por desdibujar y comprometer una vida auténticamente humana. Vamos incluso llegando al extremo de perder hasta el sentido común.

En un ambiente así, por consecuencia, se va perdiendo también el sentido de lo sagrado. Y cuando se pierde el sentido de lo sagrado no es que se pierda simplemente la capacidad religiosa y trascendente, no es que se deje de dar culto y alabanza a Dios, sino que muy pronto se comienza a pisotear la vida, a manipular e instrumentalizar la vida, a disponer de ella para los fines más perversos.

Se pierde el sentido de lo sagrado cuando dejamos a su suerte a un accidentado, a un enfermo y a un moribundo; cuando en un accidente la codicia empuja al saqueo y la rapiña, dejando a su suerte a los heridos; cuando no se socorre a los inmigrantes ni se ve su extrema necesidad e indefensión sino que se les ve como botín para secuestrarlos, amenazarlos y asesinarlos; cuando se asalta a la gente en las inmediaciones de los hospitales a pesar de las limitaciones económicas que tienen y sobre todo a pesar de su tristeza y su dolor por las enfermedades y urgencias que pasen sus familiares internados; cuando se esclaviza y prostituye a los niños y niñas robando su inocencia y violentando su vida. Dramáticamente se está perdiendo el sentido de lo sagrado, generando situaciones de peligro y de riesgo para todos.

Refiriéndose a esta cuestión el cardenal Mauro Piacenza sostenía que: «El hombre de todo tiempo percibe la experiencia del mal entorno a sí mismo y del mal en sí mismo. En estos últimos 50 años, con un acento en los últimos 20, por primera vez la humanidad entera vive una experiencia nunca afrontada antes: la de la amplificación del mal a través de los medios de comunicación, primero con la televisión y luego con Internet... Podemos decir que, por primera vez, la humanidad se encuentra ante la experiencia del “mal universal” para el cual no está preparada, para el cual no ha sido creada y que, teológicamente hablando, solo Nuestro Señor Jesucristo ha podido probar y portar sobre la cruz».

Es momento de reaccionar como lo requiere este momento crítico donde el mal se ha globalizado, se agudiza y se cuela de muchas maneras. Tenemos que propiciar una vida más espiritual para rescatar lo más humano de nuestra existencia, aceptando que también a nosotros el mal nos ha afectado adormeciendo nuestra conciencia y desdramatizando muchas situaciones pecaminosas ante las cuales debemos reaccionar enérgicamente.

Se está perdiendo el sentido del bien, el sentido común, el sentido de lo sagrado y el sentido del pecado. De hecho, cuando se pierde el «sentido del pecado» se acentúa más la pérdida del sentido de lo sagrado.

El sentido del pecado es el juicio de la conciencia por el cual juzgamos como ofensa a Dios los actos que se oponen a la ley moral; el sentimiento de culpabilidad es el pesar por ser los autores de tal transgresión; se presenta a menudo como remordimiento de conciencia.

El sentido del pecado es la sensibilidad ante el pecado, es decir, la adecuada y delicada percepción del pecado.

El sentido del pecado manifiesta en cierta medida nuestro «sentido de la realidad», porque expresa que vemos las cosas tal como son, y en este caso, los actos deformes como deformes.

Lo que caracteriza al hombre moderno es la pérdida del sentido del pecado, como decía el Papa Pío XII: «El pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado». Juan Pablo II ha escrito en la exhortación apostólica post-sinodal Reconciliatio et paenitentia que el hombre contemporáneo vive «bajo la amenaza de un eclipse de la conciencia, de una deformación de la conciencia, de un entorpecimiento o de una anestesia de la conciencia». ¿Cuál es la causa? Esta hay que buscarla en la pérdida del sentido de Dios, es decir, «la progresiva ofuscación de la capacidad de percibir la presencia vivificante y salvadora de Dios». Perdido el sentido de Dios, la sensibilidad ante la ofensa de Dios se amortigua y pierde, valga la redundancia del término, «sentido».

En realidad, viviendo «como si Dios no existiera», el hombre pierde no sólo el misterio de Dios, sino también el del mundo y el de su propio ser.

El hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este mundo acabará por volverse contra el hombre.

Para Juan Pablo II, «la pérdida del sentido del pecado es una forma o fruto de la negación de Dios: no sólo de la atea, sino además de la secularista... Pecar no es solamente negar a Dios; pecar es también vivir como si Él no existiera, es borrarlo de la propia existencia diaria».

Hay mucho que rescatar, pero nos anima en esta lucha la victoria de Cristo sobre el pecado, la muerte y la maldad del mundo. Dice el papa Francisco: «Cuando el cielo se presenta todo nublado, es una bendición que se hable del sol. Del mismo modo, el verdadero cristiano no se lamenta o se enfada, sino que está convencido, por la fuerza de la resurrección, de que ningún mal es infinito, ninguna noche es sin fin, ningún hombre está definitivamente equivocado, ningún odio es invencible ante el amor».