Colaboraciones
Nacionalismo y patriotismo
17 julio, 2025 | Javier Úbeda Ibáñez
Afrontar el tema del nacionalismo no resulta fácil, porque la misma idea de nación es compleja, y porque con la palabra nacionalismo unos y otros llegan a entender cosas bastante diferentes, incluso contrapuestas.
No todos los nacionalismos son iguales. Unos son independentistas y otros no lo son. Unos incorporan doctrinas más o menos liberales y otros se inspiran en filosofías más o menos marxistas.
Las propuestas nacionalistas deben ser justificadas con referencia al bien común de toda la población directa o indirectamente afectada.
Es un bien importante poder ser simultáneamente ciudadano, en igualdad de derechos, en cualquier territorio o en cualquier ciudad del actual Estado español. ¿Sería justo reducir o suprimir estos bienes y derechos sin que pudieran opinar y expresarse todos los afectados?
El nacionalismo discriminatorio, si el nombre parece adecuado, se caracteriza por exaltar todo lo que se considera propio de la propia «nación», y por fomentar juicios negativos respecto de otras «naciones».
El nacionalismo discriminatorio se construye sobre alabanzas hacia «lo nuestro» y sobre reproches hacia «lo ajeno»; sobre una fuerte adhesión a la propia identidad y sobre el desprecio hacia otras realidades.
El nacionalismo discriminatorio se caracteriza, así, por una premisa equivocada e injusta. Porque ni las personas ni los hechos se convierten en positivos por surgir en la propia nación; y porque lo ajeno no merece ser tachado como inferior y negativo simplemente por tener su origen en lo extranjero y diferente.
La historia humana está teñida de páginas oscuras surgidas por nacionalismos discriminatorios que han llevado al desprecio y al odio hacia millones de seres humanos simplemente por no pertenecer a la propia nación.
Al revés, la historia humana escribe sus mejores páginas allí donde, más allá de los rasgos que distinguen a la propia nación, las personas tienen un corazón y una mente abiertos hacia cualquier ser humano, sea de donde sea, hable la lengua que hable, simplemente porque es parte de la misma familia de los pueblos.
El nacionalismo, especialmente en sus expresiones más radicales, se opone por tanto al verdadero patriotismo, y hoy debemos empeñarnos en hacer que el nacionalismo exacerbado no continúe proponiendo con formas nuevas las aberraciones del totalitarismo.
El nacionalismo del «Estado moderno», resultado del contractualismo, principal enemigo del patriotismo.
El nacionalismo, por naturaleza, por impulso de su propia dinámica, es diferenciador. Es más: tiene en las diferencias (las peculiaridades, las identidades) su razón de ser.
En el pasado y en el presente, palabras como patria y como nación (con sus riquezas y su complejidad) han sido y son asumidas como fuente de integración o como motivo de desprecio. Convertir el nombre de una nacionalidad distinta de la propia en un insulto implica caer en un nacionalismo enfermizo, en una degeneración que es la antítesis más completa de lo que podríamos considerar un sano patriotismo.
Juan Pablo II, en su libro Memoria e identidad (La Esfera de los Libros, Madrid 2005, 236 páginas), explicaba la diferencia entre patriotismo (sano amor a la propia patria) y nacionalismo (una degeneración peligrosa) con estas palabras:
«El nacionalismo se caracteriza porque reconoce y pretende únicamente el bien de su propia nación, sin contar con los derechos de las demás. Por el contrario, el patriotismo, en cuanto amor por la patria, reconoce a todas las otras naciones los mismos derechos que reclama para la propia y, por tanto, es una forma de amor social ordenado». El libro recoge en forma de conversación las reflexiones del Santo Padre sobre las grandes cuestiones de nuestro tiempo.