Colaboraciones
Nacionalismo, patriotismo, Patria, Nación. La Conferencia Episcopal Española
22 julio, 2025 | Javier Úbeda Ibáñez
La humanidad ha sufrido y sufre por guerras absurdas y choques culturales originados desde nacionalismos exagerados. El amor a la patria no puede convertirse en desprecio hacia el diverso. El verdadero diálogo entre las culturas y los pueblos pasa por cada corazón humano que comprende el valor de quienes comparten una común humanidad por encima de diferencias históricas, por más profundas y visibles que estas puedan ser.
El nacionalismo encierra graves peligros, porque se construye según una mentalidad discriminatoria, que lleva fácilmente al error o a la mentira. Por ello fácilmente busca ocultar sistemáticamente lo que pueda ser visto como negativo en el pasado o en el presente propio, y ensalza, a veces incluso inventa, todo aquello que pueda ser presentado como positivo.
Frente al nacionalismo discriminatorio, existen caminos positivos y maduros de evaluar a la propia nación. Por ejemplo, cuando se analiza el pasado de modo objetivo y sereno, sin manipulaciones. O cuando se miran otras realidades culturales y nacionales con el equilibrio de quien respeta lo bueno que haya en cualquier grupo.
«De la violencia y del nacionalismo exasperado sólo puede surgir sangre», constató Juan Pablo II el 13 de febrero de 2004 en la celebración de las exequias por un cardenal que vivió en primera persona el horror de la Segunda Guerra Mundial en Alemania.
La virtud del patriotismo es la que «reconoce lo que la Patria le ha dado y le da. Le tributa el honor y el servicio debidos, reforzando y defendiendo el conjunto de valores que representa, teniendo a la vez por suyos los afanes nobles de todos los países» (David Isaacs, La educación de las virtudes humanas, Eunsa, pág. 443).
Dicho en otras palabras, el Patriotismo es el amor a la Patria, que es la tierra de nuestros padres, el lugar, ciudad o país en que se ha nacido.
La justicia es como la «abuela» del patriotismo, porque tanto la Patria como los padres tienen derecho a ser queridos y honrados por sus hijos, ya que después de Dios es a ellos a quienes más le debemos y de quienes más hemos recibido.
Dios, Patria y Padres conforman la paternidad total. Este amor y reverencia que ellos nos generan es lo propio de toda alma noble y bien nacida. El patriotismo es una de las virtudes más atacadas hoy en día, y si se habla de él es para ridiculizarlo. La palabra Patria proviene o deriva de pater, patris (padre, antepasado). Al hablar de Patria estamos hablando de una herencia que hemos recibido, mientras que la Nación se refiere al futuro. Si la Patria es una herencia, la Nación es una misión a realizar. Pasado y futuro son los conceptos de Patria y Nación. La Patria no sólo son los símbolos patrios, la Bandera, el Himno Nacional... Estos la representan, pero ellos solos no son la Patria. Tampoco es solamente un territorio hasta las fronteras físicas. La Patria tiene un cuerpo, pero también tiene un alma.
Para el hombre antiguo y clásico, la Patria era algo muy concreto, muy real. Para Cicerón, la Patria era «el lugar donde se ha nacido». Para los griegos, la Patria se asentaba en una tierra determinada. Los romanos hablaban de la terra patrum, la tierra de los padres, y se sentían inseparablemente ligados a la tierra de sus antepasados. Cuando Rómulo fundó Roma llevó consigo tierra de su patria natal y de sus dioses. De ahí nace el concepto de «extranjero», el que no pertenece a la tierra patria y de ahí que, durante siglos, el destierro fuera el peor castigo que se podía dar a un hombre después de la muerte. Pero la Patria es además una casa, un hogar. Como lo describe el P. Alberto Ezcurra: «Cuando pensamos en la Patria, en el territorio físico de la Patria como en la casa de nuestra familia grande, podemos pensar más bien en aquella casa solariega, en aquella casa en la cual la familia se aquerenciaba y tenía historia en sus paredes, en sus árboles, en sus muebles; en aquella casa que había sido habitada durante generaciones, en la cual se arraigaba de una manera profunda el corazón de una familia» (R.P Alfredo Saenz, Las siete virtudes olvidadas, Ed. Gladius, pág. 401).
La Patria no se la elige, sino que se la honra. Cuán equivocado estuvo Rousseau al decir que la Patria es un «contrato social». No somos miembros de la Patria por un contrato colectivo. La Patria no es comparable a un partido político o a un club deportivo, a los cuales podemos afiliarnos o de los que podemos retirarnos libremente. No es así la Patria, un contrato que se puede romper, un contrato rescindible. La Patria me viene con el nacimiento, previamente a toda elección mía voluntaria. Es, pues, una mentira del liberalismo, la del contrato social, pero también lo es del marxismo, con sus «proletarios del mundo uníos», tan apátrida como aquel. La Patria es una realidad anterior y superior a las clases sociales. Puedo cambiar de clase, pero no de Patria. La revolución cultural ha impuesto para combatirla el llamado «ciudadano del mundo», concepto creado por el nuevo orden mundial para que la persona no se sienta que pertenece a ninguna Patria en especial y sientan menos violencia cuando ellos se la quitan.
Solamente el cristianismo lleva al patriotismo a su plenitud, ya que quien no ve en la defensa de la Patria los valores trascendentes y se reconoce peregrino en esta tierra, corre el peligro de caer en un nacionalismo pagano (agarrado solamente al suelo como si fuese la Patria definitiva) abierto a desviaciones.
El amor a la Patria es el punto de equilibrio entre el amor a nuestra familia, a los nuestros y el amor a la humanidad. No se puede amar ni respetar a otras Patrias si no se ha aprendido a amar la propia primero. Hay quienes se preocupan por los problemas de la humanidad, del hambre de otros países, pero son incapaces de amar el lugar en donde Dios ha querido que nacieran. No hay amor verdadero de lo anónimo y, mientras más se ama lo anónimo, menos se ama a los hombres en concreto, y esto sirve para las personas y sirve también para las patrias. El patriotismo no es alérgico a la integración con otras naciones, lo que le rechaza es el diluirse en un cosmopolitismo vago y desencarnado.
De ahí que amar a la Patria sea también un deber de Justicia, al darle «a cada uno lo suyo, lo que le corresponde, a lo cual tiene derecho», y la Patria tiene derecho a ser querida y defendida por sus propios hijos, aunque estos sean capaces de ver sus miserias. El amor patrio no debe ser ingenuo sino crítico. Así amó Sócrates a Atenas y Dante a Florencia. Belgrano murió exclamando «Hay Patria mía!».
La Conferencia Episcopal Española se ha pronunciado varias veces sobre el tema del nacionalismo, siendo especialmente importantes las instrucciones pastorales Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias, de noviembre de 2002, y Orientaciones morales ante la situación actual de España, del 23 de noviembre de 2006.
En Valoración moral... leemos:
«31. Por nacionalismo se entiende una determinada opción política que hace de la defensa y del desarrollo de la identidad de una nación el eje de sus actividades. La Iglesia, madre y maestra de todos los pueblos, acepta las opciones políticas de tipo nacionalista que se ajusten a la norma moral y a las exigencias del bien común... La opción nacionalista, sin embargo, como cualquier opción política, no puede ser absoluta. Para ser legítima debe mantenerse en los límites de la moral y de la justicia... Los nacionalismos, al igual que las demás opciones políticas, deben estar ordenados al bien común de todos los ciudadanos, apoyándose en argumentos verdaderos y teniendo en cuenta los derechos de los demás y los valores nacidos de la convivencia.
»32. Cuando las condiciones señaladas no se respetan, el nacionalismo degenera en una ideología y un proyecto político excluyente, incapaz de reconocer y proteger los derechos de los ciudadanos, tentado de las aspiraciones totalitarias que afectan a cualquier opción política que absolutiza sus propios objetivos. De la naturaleza perniciosa de este nacionalismo ha advertido el Magisterio de la Iglesia en numerosas ocasiones».
Y en Orientaciones morales...:
«73. La Iglesia reconoce, en principio, la legitimidad de las posiciones nacionalistas que, sin recurrir a la violencia, por métodos democráticos, pretendan modificar la unidad política de España. Pero enseña también que, en este caso, como en cualquier otro, las propuestas nacionalistas deben ser justificadas con referencia al bien común de toda la población directa o indirectamente afectada. Todos tenemos que hacernos las siguientes preguntas. Si la coexistencia cultural y política, largamente prolongada, ha producido un entramado de múltiples relaciones familiares, profesionales, intelectuales, económicas, religiosas y políticas de todo género, ¿qué razones actuales hay que justifiquen la ruptura de estos vínculos? Es un bien importante poder ser simultáneamente ciudadano, en igualdad de derechos, en cualquier territorio o en cualquier ciudad del actual Estado español. ¿Sería justo reducir o suprimir estos bienes y derechos sin que pudiéramos opinar y expresarnos todos los afectados?».
No nos gustan los separatismos, por los desastres que traen consigo de todo tipo, por ejemplo, económicos y racistas.
Reconocer la dignidad humana de todos, grandes o pequeños, nacidos o no nacidos, niños o ancianos, españoles o japoneses, es el paso necesario y urgente para sanear cualquier proyecto de integración nacional o internacional. Sólo así la humanidad cerrará páginas de historia llenas de sangre e injusticia para abrirse a horizontes de esperanza, justicia y paz.