Colaboraciones
Una democracia que no es la nuestra
23 julio, 2025 | Javier Úbeda Ibáñez
La Iglesia por su parte se ha manifestado en infinidad de ocasiones favorable a la democracia, en cuanto que favorece la separación de poderes, garantiza una convivencia pacífica y posibilita la participación ciudadana; pero ojo también nos advierte que es susceptible de perversión y que existen democracias que no puede ser asumidas desde la perspectiva cristiana. Una democracia que se cree fin en sí misma, que pospone la defensa de la dignidad de la persona, que legitima el pluralismo en clave de relativismo moral, una democracia para la que no hay verdades absolutas sino sólo opiniones, que no admite la existencia de principios absolutos innegociables que están por encima de la voluntad popular, no es una buena democracia. «Después de la caída del marxismo, dice Juan Pablo II en su carta encíclica Veritatis splendor, existe hoy un riesgo no menos grave: la alianza entre democracia y relativismo ético que quita a la convivencia cualquier referencia moral segura».
Sin duda la Iglesia reclama que la democracia se asiente en unos fundamentos y valores insoslayables, que están por encima de la voluntad de los hombres; pero, ¿qué sucede cuando esto no es así? Difícil situación ésta para aquellos ciudadanos que creen todavía que la verdad y el bien existen. ¿Qué se puede hacer frente a un Estado supeditado a las opiniones humanas que varían según los tiempos y circunstancias, según las latitudes e intereses colectivos o personales? Porque una cosa está clara, las cosas no dejan de ser lo que son, aunque la mayoría opine lo contrario. Como bien decía Erich Fromm (psicoanalista judío alemán, 1900-1980): «El hecho de que miles de personas compartan los mismos vicios no convierte esos vicios en virtudes, el hecho de que compartan muchos errores no convierten estos en verdades».
Los hombres y mujeres de buena voluntad con firmes convicciones morales, especialmente si son católicos, tienen actualmente un importante reto por delante. Lo que hasta ahora ha habido es una condescendencia que nos ha llevado hasta donde actualmente nos encontramos. Los frutos están ahí y cualquiera puede verlos. Se ha ido tirando como se ha podido, unas veces tapándose los ojos y la nariz y otras recurriendo a la teoría de la doble verdad, una para nuestra vida privada y otra distinta para nuestra vida pública, trampeando para tener contentos a dos amos con exigencias enfrentadas. Decimos que llevamos impresa en nuestro corazón la ley de Dios, pero cabe la sospecha de que a pesar de todo; hemos tenido buen cuidado de estarnos quietecitos sin hacer ruido y cuando nos hemos movido lo hemos hecho a favor de corriente. ¿No estaremos pecando de cinismo? Después de tanto desengaño ha llegado el momento de plantearnos seriamente si debemos o no seguir apoyando y apostando por una democracia que no es la nuestra.