Colaboraciones
Teocracia y ateocracia
29 julio, 2025 | Javier Úbeda Ibáñez
Ante la ofensiva laicista y las ideas ya lanzadas de reformar la Constitución Española de 1978 en un sentido aún más laico, hacia el modelo francés, podemos afirmar que hoy en España vivimos un momento de auge en la implantación de la ateocracia, término enormemente expresivo con que Charles-Humbert La Tour du Pin (1834-1924), uno de los grandes protagonistas del catolicismo social en Francia a finales del siglo XIX y principios del XX, designó lo que en realidad es todo un sistema de poder. Con su capacidad habitual para elaborar unas definiciones sumamente claras, indicó lo que es la teocracia y lo que es la ateocracia:
La teocracia es la forma de gobierno que reposa sobre la confusión de la sociedad religiosa y de la sociedad civil. Esta confusión es más o menos acentuada en las sectas cristianas disidentes por no hablar del islamismo y de las religiones de la India, pero es rechazada por la doctrina católica. Y por su parte, de manera semejante al galicanismo que se impuso en la Francia moderna y al josefinismo en Austria, como formas teocráticas, es el mismo principio de divinización de la autoridad humana propio de las teocracias, el que produce hoy lo que se podrían llamar las ateocracias, es decir, los gobiernos que pretenden, en nombre de un derecho superior de la sociedad civil, negar, molestar o destruir la sociedad religiosa y tiranizar las conciencias (Charles-Humbert La Tour du Pin la Charce, Aphorismes de politique sociale, París, Nouvelle Librairie Nationale, 1913, 2ª ed, pp. 32-33).
Por lo tanto, conforme al acertado juicio de uno de los creadores de los Círculos Católicos de Obreros en Francia y de tantas otras iniciativas social-católicas en la Patria de San Luis, no están tan lejos la teocracia y la ateocracia, pues ambas parten del mismo error de sobrevalorar y aun divinizar la autoridad temporal humana, confiriéndole una potestad prácticamente absoluta y hasta tiránica, que actualmente podríamos denominar totalitaria. Y es que el liberalismo y su hijo el socialismo llevan en sí realmente el germen del totalitarismo, como también lo comprendieron otros de los grandes padres del catolicismo social europeo.
En la propia Francia, el gran artífice de la legislación social protectora de los obreros en el último cuarto del siglo XIX, el otro iniciador de los Círculos Católicos de Obreros, el diputado del pueblo y de los paisanos, como le llamaban los pescadores y los campesinos de la Bretaña (Roberto Garric, Albert de Mun, Buenos Aires, Difusión, 1943, p. 128), esto es, Albert de Mun (1841-1914), hubo de enfrentarse asimismo con todo su valor en torno a 1903 frente a la dura ofensiva laicista que se acometía otra vez en su Patria. Fueron aquellos los momentos de la nueva expulsión arbitraria de comunidades religiosas y del cierre de escuelas católicas, que valieron al Gobierno el apelativo de «cerradores de iglesias». La resistencia del pueblo católico llegó a actos de heroísmo y puso entre la espada y la pared al Gobierno. Frente a los que llevaban la libertad en su lema, los católicos gritaron con más energía «¡Viva la libertad!», porque amaban la libertad verdadera y no la falsa del laicismo liberal ni la del socialista.
¿Cuál era el crimen de esos religiosos y de esas religiosas expulsados? Bien responde Garric, biógrafo de Albert de Mun: «Haber enseñado gratuitamente a los niños del pueblo, haber hecho caridad, haber representado a Francia en lejanos países de misiones». Por eso dice irónicamente: «¿Qué importa que el país pierda buenos servidores?» (R. Garric, op. cit., pp. 118-119.
Algo semejante se puede decir con respecto a lo que hoy sucede en España, donde se quiere hacer olvidar la labor tan beneficiosa que las congregaciones religiosas y la Iglesia en general han realizado en los campos social, sanitario, educativo, cultural, etc. Lo que importa a los que detentan el poder y a quienes a su vez les transmiten las consignas para actuar, es sencillamente arrasar toda huella de catolicismo y crear un poder ateocrático. Sin embargo, esto no podrá producirse sin engendrar en la sociedad española un serio y vasto enfrentamiento civil, una amenazadora crispación social, porque la sociedad española, pese a quien pese, en el fondo sigue siendo mayoritariamente católica y, como ya se ha visto, no se quedará sin responder. Si no, que lo pregunten al millón y medio de españoles que se manifestaron por las calles de Madrid en defensa de la familia y que los defensores de la ateocracia pretendieron reducir luego a sólo 166.000, cifra que las fotos aéreas echan por tierra y que en el extranjero produjo alguna burla hacia quienes la dieron.
De ese enfrentamiento social, de esa ruptura en la sociedad, ya avisó también Albert de Mun en su día en Francia, cuando respondió en 1906 a las acusaciones que contra él hizo Briand: «Sí, he creído que esta empresa [anticatólica] era funesta, funesta para mi Patria y funesta para mi fe. Luego con las armas que quedaban en mis manos he combatido, he combatido sin tregua desde hace dos años para conjurar esta locura, para desviar a los adversarios, para alejar a mis amigos, para gritar a todos que este sistema conduciría al país inevitablemente a irremediables discordias y a dolorosas y terribles pruebas para la religión. Es esta la responsabilidad que yo acepto y reivindico; mi conciencia no estaría tranquila si no me hubiera hecho cargo de ella» (R. Garric, op. cit., pp. 120-121).
No resultan tan lejanas estas palabras a nuestra realidad española actual si tenemos en cuenta el modo con que desde la izquierda se está fomentando el anticlericalismo al más rancio estilo liberal decimonónico, y la manera en que ella misma está reabriendo heridas que se consideraban ya curadas al resucitar los viejos odios de 1936. Tal actitud de mirar al pasado con resentimiento y rencor no encuentra explicación más que en la carencia de una capacidad para afrontar el presente y en la ausencia asimismo de verdaderos proyectos de futuro. Promover los odios, el conflicto social y la guerra civil es en realidad lo más opuesto a lo que una persona de la talla de Albert de Mun deseaba y por lo que él luchaba: «Mi sistema no es la guerra social; es la paz social» (R. Garric, op. cit., p. 101).
El mismo Maritain, en su obra El paisano del Garona (que no es fruto de una mente senil, como se ha dicho, sino de un espíritu agudo, fresco, imaginativo y clarividente como pocas veces), ha deplorado profundamente y denunciado con extrema dureza el estado caótico a que ha llegado el cristianismo actual en la gran masa de sus conspicuos intelectuales, teólogos, filósofos y exegetas del clero y laicado. Su ferviente alma cristiana se rebela, prodigando contra ellos acusaciones de neomodernismo, reducción de la fe a mitologías, cronolatría, o adoración del tiempo actual y de la moda; de postrarse en adoración ante el mundo y la materia, de olvido de santo Tomás y, en definitiva, de gran debilidad y decadencia mental. Quizá debiera también haberse preguntado si no ha tenido, a su vez, parte en tal estado de crisis y decadencia, si sus teorías de una cristiandad secular, profana y que destierra todo lo sacral de la vida pública, no han llevado, asimismo, a ese secularismo radical y negador del contenido sobrenatural de la fe cristiana.
En 1862, Mons. Wilhelm E. Ketteler (1811-77), obispo de Maguncia, promotor de leyes sociales y de un cooperativismo de producción entre los obreros, el autor de La cuestión obrera y el cristianismo (1864), a quien León XIII se referiría como «mi predecesor», afirmaba con claridad: «El cristianismo imprime al hombre un sello de elevación y grandeza que da a un Estado cristiano incontestable superioridad sobre las demás sociedades políticas». «Y esto viene dado así porque se atiene a una moral superior, de tal modo que se ve por esto que decimos cuán estrechamente ligada está la libertad política a la libertad moral. Mientras más moral es el hombre, más libre se encuentra del egoísmo y del yugo de las malas pasiones, y mayor es también la posibilidad de aumentar la suma de sus libertades. Quien sabe gobernar su propio corazón no tiene necesidad de ser encadenado exteriormente. Un pueblo verdaderamente cristiano podrá gozar de la más completa autonomía, en tanto que la revolución y el espíritu revolucionario son enemigos de toda libertad. El hombre animal de que habla la Escritura abusa de todas las libertades, y va a dar necesariamente en el absolutismo».