Colaboraciones
Sobre la libertad
06 noviembre, 2025 | Javier Úbeda Ibáñez
La libertad, como enseña León XIII, es el bien más noble de la naturaleza, propia solamente de los seres inteligentes, que da al hombre la dignidad de estar "en manos de su propia decisión" y de tener la potestad de sus acciones (León XIII, Libertas praestantissimum, DS 3245; CE 63/1; DP-II 225).
No es, por consiguiente, libre el hombre cuando se deja llevar por las pasiones y, bajo una concepción falsa de su autonomía, elige contenidos pecaminosos, que le separan de su fin, que es Dios, y, por tanto, de la salvación. Por el contrario, expresa en grado sumo su libertad, cuando, apoyándose en la gracia divina, da fruto a los talentos recibidos y se abandona sin reservas a la Providencia, buscando, consciente y comprometidamente, su identificación con la voluntad divina.
La vocación divina del hombre exige de él que dé una respuesta libre en Jesucristo. el hombre no puede no ser libre. Pertenece de lleno a su dignidad y oficio el observar la ley moral natural y sobrenatural, con un pleno dominio de sus actos, y adherirse al Dios que se revela en Cristo. La libertad del hombre caído ha quedado de tal modo herida, que ni siguiera puede cumplir las obligaciones de la ley natural durante un largo periodo de tiempo, sin la ayuda de la gracia de Dios. Pero con la gracia, de tal manera se eleva y fortalece su libertad, que lo que vive en la carne, lo vive santamente en la fe de Jesucristo (cfr Gál 2, 20) (Catequesis [Directorio General Catequético], n 61).
La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión (cfr Ecles 15, 14) para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a Este, alcance la plena y bienaventurada perfección (Gaudium et spes, n. 17).
En esta enseñanza se encuadra perfectamente el concepto y la orientación de la libertad humana, así como su alcance salvífico; pues el constitutivo de la libertad no está en elegir un contenido contrario al fin del hombre, conocido por la razón natural y revelado por Dios, sino en una decisión propia, personal, por la que el hombre busca en todas las cosas de su vida a Dios; una decisión por la que libremente el hombre se adhiere a Dios, y así realiza su ser en la plenitud a la que Dios le llama.
La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal, y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberado totalmente de la cautividad de las pasiones, tiende a su fin con la libre elección del bien, y procura para ello los medios adecuados, con esfuerzo y eficacia crecientes (Ibid).
La libertad que Cristo nos ha ganado consiste en la liberación del pecado (Rom. 6, 14-18) y, en consecuencia, de la muerte eterna (Apoc. 2, 11; Col 2, 12-14; Rom 5, 12) y del dominio del demonio (Juan 12, 31; Col 2, 15; 1 Juan 3, 8); en fin, Cristo nos ha reconciliado con Dios y con los demás hombres (Col 1, 19-22).
Con el pecado original, la libertad del hombre quedó herida, lesionada, inclinada al mal. Pero con la Redención de Jesucristo la libertad del hombre ha adquirido una nueva dimensión.
Por el bautismo el hombre adquiere la libertad de los hijos de Dios (Rom 8, 21-23), como nos enseña Jesucristo,
Si permanecéis en mi doctrina... conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres... Si el Hijo os da la libertas, seréis verdaderamente libres (Juan 8, 31-36).
Esta libertad es objetiva y germinal; con la gracia de Dios, el hombre debe desarrollarla y aplicarla a todos los campos de su existencia.
Si el hombre no tuviese libertad, carecerían de sentido los mandatos y las prohibiciones morales, el mérito y el demérito, los premios y las sanciones, pues sin libertad del hombre no sería responsable.
El Magisterio de la Iglesia ha defendido siempre la existencia de la libertad en el hombre y ha condenado todo atentado a la libertad.
Dios omnipotente creó recto al hombre, sin pecado, con libre albedrío y lo puso en el paraíso, y quiso que permaneciera en la santidad de la justicia. El hombre, usando mal de su libre albedrío, pecó y cayó... La libertad del albedrío la perdimos en el primer hombre, y la recuperamos por Cristo Señor nuestro; y tenemos libre albedrío para el bien, prevenido y ayudado por la gracia; y tenemos libre albedrío para el mal, abandonado de la gracia, y por la gracia fue sanado de la corrupción (Conc. de Quiersy, DS 621 y 622 [316 y 317]).
Con el pecado original, el libre albedrío del hombre quedó atenuado en sus fuerzas e inclinado, pero no extinguido (cfr. Conc. de Trento, «Decreto sobre la justificación», cap. 2, DS 1521 [793]: cfr. DS 378 [181]. Por eso, el hombre permanece en su libertad de hacer el bien con la gracia o de elegir el mal rechazándola, cfr. Ibid, DS 1525s [797s]; Conc. Vaticano I, Dei Filius, cap 3, DS 3010 [1791]).