Colaboraciones

 

El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado

 

 

 

10 diciembre, 2025 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Nos topamos siempre con Dios, con un ser superior, sin el que todo es subjetividad y, aunque no se desee, relativismo.

Sin una verdad más alta que el hombre mismo, la disensión puede ser eterna, el consenso muy difícil, y a lo más que nos acercamos es a una ética de mínimos. Incluso esta no es aceptada por todos y, por ser débil, pensamos que resulta pobre para la dignidad del ser humano.

Si pensamos que la ley eterna o sabiduría de Dios se halla impresa o participada en la criatura racional —eso es la ley natural—, estaríamos en mejor camino y tendríamos una ley universal en sus preceptos, que extiende a todo hombre, respetando la irrepetibilidad de cada uno. Volvemos a la conciencia para recordar que es el lugar inviolable, en el que el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino que debe obedecerla. Por ello, la persona humana necesita tener una conciencia recta —como afirmó san Pablo—, para lo que debe buscar la verdad y juzgar según esta verdad. Dicho de otro modo: hemos de seguir el dictamen de la propia conciencia, pero como no es infalible, permanece la obligación de buscar la verdad, sin que sea lícito refugiarse en el sagrario de la propia conciencia para evitar esa búsqueda.

Hay una solución fácil para no encontrarse con Dios, como recuerda Juan Pablo II en Fides et ratio: el agnosticismo y el relativismo, que llevan a las arenas movedizas del escepticismo, de la desconfianza de la verdad, es más, de su puesta bajo sospecha. Así, con una especie de falsa modestia, se conforman con verdades parciales y provisionales, que no dan respuesta al sentido y fundamento de la vida humana y, en consecuencia, no proporcionan tampoco pautas seguras de comportamiento.

Precisamente en Fides et ratio, el Papa dedica dos capítulos, que son como dos caminos de encuentro entre ambos, y que titula con las frases clásicas: credo ut integam —creo para entender— e inteligo ut credam —entiendo para creer—. Así es más fácil que la racionalidad se oriente a la búsqueda de la verdad en lugar de ser una razón instrumental al servicio de fines utilitaristas de placer o poder.

Aunque se haya repetido mil veces, quizá valga la pena volver a decir, con el Vaticano II, que «realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado». Fuera de esa perspectiva el misterio de la existencia personal y, en consecuencia, sus valores y la jerarquía de los mismos, resulta un enigma insoluble.

Afirma Juan Pablo II en Veritatis splendor que el juicio moral no es verdadero porque provenga de la conciencia, sino que la razón encuentra su verdad y su autoridad en la ley eterna, que no es otra cosa que la misma sabiduría divina. La justa autonomía de la razón no significa que ella cree los valores y las normas morales.

La razón puede alcanzar la verdad de la existencia de Dios, pero no es fácil, por nuestros propios errores. Si se pierde el sentido del pecado, fácilmente se extravía el sentido de Dios, incluso para los creyentes.