Colaboraciones
María, Corredentora de la humanidad (I)
13 diciembre, 2025 | Javier Úbeda Ibáñez
Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres porque sólo Él, con su muerte, logró la reconciliación perfecta con Dios, pero dice santo Tomás que también a otros podemos llamarlos mediadores por cuanto cooperan a la unión de los hombres con Dios.
A María se la llama Medianera o Mediadora desde muy antiguo. Este título se le reconoce en documentos oficiales de la Iglesia y ha sido acogido en la liturgia, introduciéndose en 1921 una fiesta dedicada a María Medianera de todas las gracias.
María, que en vísperas de Pentecostés intercedió para que el Espíritu Santo descendiera sobre la Iglesia naciente, interceda también ahora. Para que ese mismo Espíritu produzca un profundo rejuvenecimiento cristiano en España. Para que esta sepa recoger los grandes valores de su herencia católica y afrontar valientemente los retos del futuro (Juan Pablo II en España).
María es Corredentora. Trajo al mundo al Redentor, fuente de todas las gracias. María dio su consentimiento libre para que viniese el Salvador al mundo: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc. 1, 38). Dice Santo Tomás que representaba a toda la naturaleza humana.
Se le suele contraponer a Eva y así como esta fue causa de la perdición, María por su obediencia lo es de la salvación. Y si aquella era madre de los vivientes, la Nueva Eva es madre de los que viven por la fe y la gracia.
Desde el siglo XV se llama a la Virgen CORREDENTORA y la Iglesia lo usa en algunos documentos oficiales. No debe entenderse como una equiparación con Cristo, único Redentor, ya que ella también fue redimida. La suya es una cooperación indirecta por cuanto puso voluntariamente toda su vida al servicio del Redentor, padeciendo y ofreciéndose con Él al pie de la Cruz, pero sin corresponderle el título de Sacerdote, exclusivo de Cristo (cfr. Vat. li, Lg, 60).
Al decir que «la Virgen María... es reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios y del Redentor» (Lumen gentium, n. 53), el concilio destaca el vínculo existente entre la maternidad de María y la redención.
En Vida de María escrita por un monje bizantino, Juan el Geómetra, se describe a María como unida a Cristo en la totalidad de la obra de redención, participando, según el designio de Dios, de la cruz y el sufrimiento por nuestra salvación. Ella permaneció unida al Hijo «en cada acto, actitud y deseo» (cf. Life of Mary, Bol. 196, f. 123 v.).
No pocos textos papales apoyan la corredención mariana y la función de María en la distribución de las gracias de la redención.
En latín, del que se deriva el término Corredentora, siempre significa que la cooperación o colaboración de María en la redención es secundaria, subordinada, dependiente de la de Cristo —y sin embargo por todo eso— algo que Dios «quiso aceptar voluntariamente. . . constituyendo una parte innecesaria, pero al mismo tiempo maravillosamente agradable, del único gran precio» que pagó su Hijo por la redención del mundo.
El título Corredentora que se aplica a la Madre de Jesús, jamás pondrá a María a un nivel de igualdad con Jesucristo, el divino Señor de todo lo que existe, en el proceso salvífico de la redención humana. Más bien, denota una singular y única participación con su Hijo en la obra salvífica de la redención de la familia humana. La Madre de Jesús participa en la obra redentora de su Hijo Salvador, quien de manera única y en su gloriosa divinidad y humanidad, reconcilió a la humanidad con el Padre.
Juan Pablo II en el saludo que dirigió a los enfermos después de su audiencia general el 8 de septiembre de 1982, el Papa dijo: «María, aunque concebida y nacida sin mancha de pecado, participó de una manera maravillosa en los sufrimientos de su divino Hijo, para poder ser la Corredentora de la humanidad».
El 24 de marzo de 1990, el Santo Padre Juan Pablo II se dirigió a los participantes voluntarios de una peregrinación de la Alianza Confederada del Transporte de Enfermos a Lourdes (OFTAL), con estas palabras: «¡Que María Santísima, Corredentora de la raza humana junto con su Hijo, les otorgue siempre fortaleza y confianza!».
Aunque la llamada de Dios para cooperar en la obra de la salvación concierne a cada ser humano, la participación de la Madre del Salvador en la redención de la humanidad, es un hecho único e irrepetible.
¿Cuál es el valor doctrinal del término «Corredentora» y «corredención» que usa san Juan Pablo II? Por supuesto que no argumentaríamos que el Papa ha utilizado la palabra Corredentora en documentos papales de la más alta autoridad educativa. o que él ha proclamado la doctrina, o el uso de la palabra, de la manera más solemne. No obstante, sí pensamos, que las ocasiones en las que ha utilizado el término Corredentora para describir la colaboración de nuestra Señora en la obra de nuestra redención —especialmente a la luz del uso magisterial anterior— no merece ser pasado por alto desdeñosamente como marginal (y) por lo tanto, desprovista de autoridad doctrinal.
El Papa, desde el momento en que revivieron en la Iglesia los ecos de la controversia teológica, como resultado del movimiento Vox populi del Dr. Miravalle, llegando a los niveles más altos de la jerarquía, de hecho, no volvió a usar el título Corredentora.
El Papa Juan Pablo II logró hacer mucho más que simplemente rehabilitar el uso de una palabra y mostrar que tiene un legítimo uso. Logró otra noble acción hacia aquellos «muchos padres [del concilio Vaticano II que] deseaban enriquecer mayormente la doctrina mariana expresando de otra manera la función de María en la obra de salvación, e incluso, con el hecho de volver a proponer la discusión en torno a la mediación mariana, en su encíclica Redemptoris Mater, después de haber sido ampliamente aceptada por el círculo teológico. Demostró, una vez más, que el magisterio está por encima de meras «exactitudes teológicas» y fue consciente de la continuidad con la Tradición. Es más, el Papa continuó extrayendo los múltiples aspectos de la función corredentora de María.
El Beato Pío IX (1846-1878) en su constitución apostólica Ineffabilis Deus, del 8 de diciembre de 1854, enunció un principio de importancia capital para la mariología, largo tiempo sostenido por la escuela franciscana de teología, es decir, que «Dios, por el único y mismo decreto, había establecido el origen de María y la encarnación de la divina Sabiduría». Con base en este principio, confirmado frecuentemente por el magisterio, la íntima asociación de María con Jesús como la «nueva Eva» en la obra de redención, es axiomática, y por ello, Pío IX declara en la misma constitución apostólica.
Es claro que pocas enseñanzas distinguen más al catolicismo de las varias confesiones protestantes, como la insistencia que hace la Iglesia católica en la Carta de Sn. Santiago y de otros muchos textos bíblicos, según los cuales no sólo la fe (sola fides) y no sólo la gracia (sola gracia), sino solamente la fe formada por el amor, una fides caritate formata, y las obras voluntarias, pueden satisfacer a nuestra justificación. En una palabra, la necesidad de nuestra libre cooperación con la gracia como una condición necesaria para nuestra salvación, es un elemento esencial de la fe católica. Con san Agustín, la Iglesia cree: Qui creavit te sine te, non justificat te sine te (Él que te creó sin ti, no te justificará sin ti).
A la luz de esta enseñanza, se sigue como una consecuencia lógica y necesaria, que María también tuvo que cooperar libremente con la gracia y, por lo tanto, también con la gracia muy particular que se le dio de convertirse en la Madre de Dios. Su respuesta al ángel Gabriel fue, según la Biblia y como consecuencia lógica de los dogmas respecto a la justificación, claramente libre y requerida por Dios con objeto de convertirla en la Madre de Dios. Un dogma sobre la función corredentora de María tendría, por lo tanto, que fluir necesariamente de los dogmas precedentes sobre la necesidad de cooperar libremente con la gracia y, al mismo tiempo, confirmar de manera nueva y solemne la enseñanza católica clásica sobre la justificación.
A la luz de la clara enseñanza católica, un dogma sobre la función corredentora de María sólo confirmaría la eterna enseñanza católica sobre la justificación según la cual, la libertad personal es un factor indispensable y es necesario que el hombre coopere libremente con la gracia divina. Sin embargo, la función de María de cooperar libremente con la gracia y que no se limita a su primer fiat voluntario, sino que abarca toda su vida, ya que el haber estado libre de todo pecado personal (que es parte del dogma de la Inmaculada Concepción, al menos por extensión), también abarcó la cooperación voluntaria que tuvo a lo largo de su vida, difiere en su carácter sublime y en su efecto, al de todas las demás criaturas. Esta libre cooperación, que posee un significado corredentor único, culmina con la copasión y cocrucifixión de María en el calvario, donde ella vivió y participó a través de la pasión de su Hijo, tal como lo había profetizado Simeón, ya que no sólo tenía que cooperar con su propia justificación y con la de otros, sino también con la redención de todo el mundo. Y esta tan singular cooperación voluntaria con la redención (que es una consecuencia de su especial caracterización como Madre de Dios y de la necesidad universal de cooperar voluntariamente con la gracia), distingue la función corredentora de María del rol más general que se nos exige a nosotros de cooperar voluntariamente. Además, la función corredentora de María es por mucho, más significativa que una función similar otorgada a los ancestros de Cristo y los patriarcas. Por lo tanto, el dogma de María como Corredentora enfatizaría asimismo un efecto activo único (aunque posible solamente por medio de la gracia sobrenatural) y un aspecto verdaderamente creativo sobre los actos libres de María de su fíat voluntario (en unión con y con radical subordinación como criatura al acto redentor de Cristo). El carácter corredentor único y activo de su fiat voluntario, va mucho más allá de la aceptación voluntaria de la gracia a la que también están llamados otros cristianos.
Existen algunos textos de la Escritura que apoyan directamente la función de María como Corredentora. De hecho, el Evangelio habla de manera muy clara del respeto a la libertad del hombre, cuando el ángel de Dios aguarda la respuesta (de María) después de su anuncio; contesta sus preguntas, y espera recibir su fiat voluntario antes de irse.
El Antiguo Testamento describe esta función corredentora (de María) quizás de una manera más contundente, al afirmar que Dios pondrá enemistad entre el diablo (la serpiente) y la mujer, incluso antes de atribuir a su semilla (Cristo) que «pisaría la cabeza de la serpiente, y posiblemente atribuyendo a la propia María este acto de pisar la cabeza de Satanás, una aseveración que podría incluso implicar una manifestación bíblica más directa de su oficio mediador y corredentor.
Existen claras referencias bíblicas con respecto al oficio corredentor de María, pero pensamos que la prueba bíblica más evidente y directa de la verdad de este propuesto dogma, viene del Antiguo Testamento, en donde no se habla de la persona de María, pero nos permite extrapolar lo que se dice de otra persona y aplicarlo a María, aunque haciéndolo de manera más perfecta. Si se toma la corredención en un sentido más amplio, obviamente se puede atribuir también a otras personas además de María; e incluso, en este sentido inferior, el propuesto dogma (que refiriéndose a María encuentra una mayor justificación) encuentra en la Biblia, una espléndida y sumamente sólida confirmación. De hecho, al dirigirse Dios a Abraham, es Él mismo quien declara su oficio corredentor como causa parcial de la redención, diciéndole directamente, y con las palabras más fuertes posibles que por qué Abraham no escatimó a su hijo, su único Hijo, también Dios bendecirá a todas las naciones en él, una promesa que Dios cumplió cuando envió a su Hijo Unigénito, a quien no salvó de la muerte como lo había hecho con Isaac, con objeto de que su Hijo Unigénito redimiera al mundo. Consideremos estas increíbles palabras que Dios le dirigió a Abraham, después de haber prevenido el sacrificio de Isaac, que inicialmente había ordenado: «Por mí mismo juro, oráculo de YAHVÉH, que por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tu único, yo te colmaré de bendiciones, y... Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra; en pago de haber obedecido tú mi voz» (Gn. 22:16-18).
Al haber dicho y repetido la maravilla de que el acto redentor de Dios de bendecir a todas las naciones por medio de la descendencia de Abraham se llevó a cabo por el acto de Abraham, Dios mismo atribuye un oficio corredentor a Abraham, a cuyo acto voluntario de sacrificio, Dios responde redimiéndonos. Por lo tanto, se podría decir que, en la Biblia, Dios mismo declaró y definió sin ambigüedad el oficio corredentor de los actos humanos voluntarios como cocausas de la redención.