Colaboraciones
Los sacramentos. La Navidad
26 diciembre, 2025 | Javier Úbeda Ibáñez
Los sacramentos
Los sacramentos son como los canales por los que Dios nos hace llegar el agua de la gracia que necesitamos para vivir. Dios puede hacer llegar la salvación a los hombres de mil modos, pero los caminos ordinarios son los siete sacramentos que Él instituyó y entregó a la Iglesia.
La Iglesia católica, al dar tantísima importancia a los sacramentos, es, a la vez la más divina y la más humana de todas las religiones.
Los sacramentos son signos sensibles (cuando Jesucristo instituyó cada sacramento no eligió una realidad material cualquiera, sino aquella que ya en el plano natural sirve para un fin similar al que Dios quiere producir sobrenaturalmente) y eficaces (en cada sacramento nos da una gracia distinta y tiene una eficacia especial: «gracia sacramental») de la Gracia, instituidos por Jesucristo (ninguno ha sido instituido por la Iglesia, pero están bajo su control. Sólo ella puede establecer normas sobre cómo se han de administrar) para santificar nuestras almas.
Todos los sacramentos confieren Gracia Santificante, pero el Bautismo, la Confirmación y el Orden además confieren carácter, es decir una marca o sello imborrable.
Todos los sacramentos obran en virtud del rito establecido por Jesucristo: su validez no depende del estado de gracia del ministro. Su eficacia sí depende del estado espiritual del sujeto que lo recibe, por ejemplo: comulgar digna o indignamente (1 Co 11,27). En cada sacramento hay un ministro que lo administra y un sujeto que lo recibe. Los ministros pueden ser ordinarios y extraordinarios, según sea administrado en circunstancias normales o especiales. Normalmente, por ejemplo, el ministro del Bautismo es el obispo, el sacerdote o el diácono; extraordinariamente puede ser administrado por cualquier persona, incluso un ateo, con tal de que tenga intención de hacer lo que hace la Iglesia.
La Navidad
La Navidad no es uno de los siete sacramentos católicos: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden, Matrimonio.
San Agustín exclamaba: ¿Qué tienes que de Dios no hayas recibido? Nada. Un primer paso para preparar bien nuestra Navidad es reconocer con humildad que todo, absolutamente todo, lo hemos recibido gratuitamente de Dios, y de un Dios que tuvo la ocurrencia de hacerse niño. ¿Por qué? Por amor a nosotros.
La fiesta de Navidad fue instituida por la Iglesia en el siglo IV y es originaria de la Iglesia latina y más propiamente de la Sede Apostólica de Roma.
Por falta de documentos exactos sobre el nacimiento de nuestro Señor, no existe una certeza absoluta acerca del año, que algunos escritores sagrados y profanos señalan entre el 747 y 749 de la fundación de Roma (del 7 al 5 a.c.), y del día, que han hecho oscilar entre el 25 de marzo y el 17 de diciembre.
La Navidad se celebra el 25 de diciembre. Navidad no es el 24 de diciembre, es TODO el 25 de diciembre. Eso sí: Navidad NO ES LA CELEBRACIÓN DE UNA FECHA, SINO DE UN HECHO, el nacimiento del Salvador, evento absolutamente decisivo en la historia de la salvación. Es entonces una conmemoración del significado de ese hecho. Se lee en las profecías:
«Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; le ponen en el hombro el distintivo del rey y proclaman su nombre: “Consejero admirable, Dios fuerte, Padre que no muere, príncipe de la Paz”» (Is 9, 5).
Como dijo el Santo Padre Juan Pablo II:
«Jesús nace para la humanidad que busca libertad y paz; nace para todo hombre oprimido por el pecado, necesitado de salvación y sediento de esperanza».
Navidad es una fiesta de cumpleaños donde se le compran regalos a todos menos al niño que se festeja. Donde se hace una fiesta y no se invita al homenajeado, donde hoy —tristemente— se trata de que no se mencione el nombre del niño que nació, su nombre es Jesús.
El Apóstol Pablo, un hombre que un día fue su enemigo y que se rindió a Él, dice que: «Frente a ese nombre se doblará toda rodilla en el cielo, en la tierra, y hasta en el infierno y a este “nombre sobre todo nombre” lo queremos borrar de nuestras vidas».
Los cristianos no celebramos fechas, celebramos hechos. Nosotros nos alegramos y celebramos el hecho de Aquel que no cabe en el universo quiso nacer de una Virgen en este pequeño planeta del inmenso universo para reconciliar al hombre con su Creador.
Como todo hecho neotestamentario, la Navidad tiene precedencia bíblica. Inclusive, el día 25 de diciembre, ya era celebrado en el antiguo pacto.
En 1 Macabeos 4, 52-53 leemos:
«El día veinticinco del noveno mes, llamado Quisleu, del año ciento cuarenta y ocho, se levantaron al despuntar el alba y ofrecieron un sacrificio conforme a la Ley, sobre el nuevo altar de los holocaustos que habían erigido».
También en la madrugada del 25 de Quisleu, los cristianos celebramos el nacimiento de Jesús. Así como el altar profanado fue echado fuera y se construyó un altar nuevo, así también el sacrificio antiguo y una ley profanada por preceptos humanos fueron anulados con el nacimiento del Mesías y un nuevo altar con un sacrificio perfecto fue instaurado para regocijo y salvación de toda la humanidad.
Este es el verdadero sentido de la Navidad, cuyo centro es Jesús y no un evento comercial o una fiesta pagana. Rescatemos la Navidad para Cristo y cantemos con los ángeles de Belén: «Gloria a Dios en las alturas y Paz en la tierra a los hombres que confían en Él».
Que esta Navidad sea otra ocasión para el nacimiento de Jesús, pero en nuestro corazón, lo que supone que nazcamos a la nueva vida como Él mismo nos lo enseñó:
«En verdad te digo que nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo desde arriba». Nicodemo le dijo: «¿Cómo renacerá el hombre ya viejo? ¿Quién volverá al vientre de su madre para nacer otra vez?» Jesús le contestó: «En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu» (Jn 3, 4-6).