Colaboraciones
Sobre el hombre
20 enero, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
Solamente el hombre puede preguntarse por sí mismo, ningún otro ser vivo puede hacerlo. Privilegio es este de un ser privilegiado.
Del hombre se ha dicho que es, «animal racional», «débil caña pensante», «existencia repleta de carencias», «espíritu encarnado», «un ser para la trascendencia», «un sujeto relacional», «un ser esencialmente afectivo», «la última soledad del ser», «un ser de lejanías». Podríamos continuar y no nos sería fácil agotar el repertorio.
Como diría Agustín de Hipona: «El hombre es un ser siendo». Un ser problemático, huidizo, que nunca acaba de ser lo que es, que se rebela contra todo intento de convertirse en una esencia estática, enclaustrada y protegida por toda clase de seguros.
Ninguna época como la nuestra, nos dice Heidegger, acumuló tantos y tan ricos conocimientos sobre el hombre. Ninguna época consiguió ofrecer un saber acerca del hombre tan penetrante. Ninguna época, no obstante, supo menos qué sea el hombre, a ningún tiempo se le mostró el hombre tan misterioso.
La persona humana es la ‘única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma’ (Gs 24). Desde su concepción está destinada a la bienaventuranza eterna (Catecismo de la Iglesia católica, 1703).
La persona está llamada a realizar su vocación, no en solitario, sino en comunión con otras personas, es decir, el hombre es por naturaleza un ser social. La imagen de Dios en el hombre «resplandece en la comunión de las personas a semejanza de la unión de las personas divinas entre sí» (1702).
La persona humana está dotada de un alma espiritual y mediante su entendimiento y voluntad es capaz de conocer la verdad y de amar el bien.
Por la razón es capaz de comprender el orden de las cosas establecido por el Creador. Por su voluntad es capaz de dirigirse por sí misma a su bien verdadero (1704).
Puede conocer la ley natural —incluida en ‘el orden de las cosas establecido por el Creador’—y amar el bien conocido. Esto no solo en abstracto sino también cuando se refiere a su propio bien conocido por el juicio de conciencia: en esto reside la libertad.
Mediante su razón, el hombre conoce la voz de Dios que le impulsa ‘a hacer el bien y a evitar el mal’ (Gs 16). Todo hombre debe seguir esta ley que resuena en la conciencia y que se realiza en el amor de Dios y del prójimo. El ejercicio de la vida moral proclama la dignidad de la persona humana (1706).
La instrucción Donum vitae afirma explícitamente al comienzo del documento que los criterios sobre los que se va a apoyar «son el respeto, la defensa y la promoción del hombre, su ‘derecho primario y fundamental’ a la vida y su dignidad de persona, dotada de alma espiritual, de responsabilidad moral y llamada a la comunión beatífica con Dios». Si se añade que la vida humana empieza en la concepción y que el cuerpo es parte de la persona, tenemos ya los elementos fundamentales que componen la antropología revelada.
Toda esta maravilla que es el hombre estuvo a punto de perderse por el pecado. En efecto, El hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia (Gs 13). Ha quedado inclinado al mal y sujeto al error (1707). De este hecho se derivan importantes consecuencias para la vida social, para la educación y la vida política, como señala el mismo Catecismo: Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres (407), entre otros el peligro de olvidar que la vida del hombre es un combate (cfr. 409).
Para algunos, ser hombre coincide simplemente con ser un animal sofisticado, lleno de debilidades y carencias, sin instintos armónicos. Un ser capaz de destruirse a sí mismo y de destruir a los demás. Un animal desequilibrado.
Para otros, el hombre sería un animal social como la abeja o la hormiga, que vale solo en tanto en cuanto es útil para el grupo. En este sentido, hay quien justifica la eliminación de los enfermos, la esterilización de los inferiores, la esclavitud de los débiles en manos de los fuertes... si esos actos ayudan a la colectividad.
Para cierta visión de tipo psicologista, el hombre no es sino una mezcla de dos instintos fundamentales: el instinto del placer y el instinto del poder. Ambos instintos nos guían y nos dirigen a la hora de escoger una comida, de casarnos o de mostrar afecto (o rencor) hacia otras personas.
Para el cristianismo, el hombre es una creatura muy amada por Dios, que tiene un alma inmortal y está destinada a vivir de acuerdo con el plan de Dios, en el tiempo y en la eternidad.
Necesitamos verdades fuertes sobre el hombre, pero no cualquier tipo de verdades fuertes. El hombre no es puro instinto, ni un simple engranaje del sistema productivo, ni una célula utilizada por el gran cuerpo de la sociedad.
Hay mucho más en cada hombre. Hay un alma, un espíritu, que no termina con la muerte, que empieza a vivir un día y camina hacia la plenitud de lo infinito. Vale cada ser humano, pobre o rico, grande o pequeño, sano o enfermo, nacido o sin nacer, del norte o del sur, porque cada uno tiene algo de divino, un soplo de Dios.
La verdadera religión debe conducir a un dogmatismo bueno. Por eso no puede ser peligrosa ni inhumana. Lo serán quienes, adulterando la religión, como se adultera la leche, la usan para alimentar sus odios y sus pasiones.
El dogmatismo de la Iglesia católica no va contra el hombre, sino que debe convertirse en la mejor arma para la defensa de los débiles. Aunque no les guste a los fuertes, aunque los relativistas levanten sus hombros como señal de indiferencia.