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Dogmas progresistas

 

 

 

24 enero, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Como decía Orwell: «Quien controla el presente, controla el pasado, y quien controla el pasado, controlará el futuro». No conocer las raíces de nuestra identidad nos hace vulnerables al discurso progre.

Aquellos que se hacen llamar progresistas tienen una fe ciega en el progreso. Pero no es un progreso verdadero, sino lo que ellos consideran progreso: la paulatina liberalización de la sociedad.

Su eje para interpretar la historia es materialista: si los avances tecnológicos y científicos nos hacen mucho bien, entonces todo lo demás está bien. Pero, además, consideran a la destrucción del espíritu como un avance, bajo la falsa premisa de que la humanidad ostenta un progreso imparable y que las luchas sociales validan esta evolución de los acontecimientos.

Cuando los progres dicen que están en contra de la religión, en realidad se refieren a la fe cristiana. No tienen problema en aceptar la exploración de nuevas ideas que nunca han sido mayoritarias en la historia reciente de Occidente: el paganismo indígena, el budismo y el hinduismo.

Los dogmas progresistas son principalmente cinco: (falsa) laicidad, victimismo, cientificismo, naturalismo y neolengua.

Los progres dicen defender al «Estado laico», pero este no es propiamente laico: es un Estado donde pueden implantar todas las leyes que favorezcan a su religión. Lenguaje inclusivo, aborto, ideología de género y otras fantasías personales que quieren legitimar a costa de la voluntad popular.

Y por supuesto, cuando se dan cuenta de esto último, de que no tienen apoyo, mueven cielo y tierra con el fin de convencer a la gente de que sus ideas son legítimas. Se escudan en la democracia para que, una vez conquistadas las masas, los progres se jacten de que solo cumplen lo que el pueblo quiere (tal como dicen los gobernantes socialistas).

Eso sí, no vaya a oponérseles uno cuando sean todavía una minúscula minoría: se victimizarán señalando que hay una ‘dictadura de las mayorías’. No pueden aceptar que sus ideas son de ínfimo alcance y que el pueblo (al que dicen representar) reprueba su pedantería ideológica.

Este es otro dogma de los progres sin el que no funcionaría su discurso: el victimismo. Manipular la mente de las personas mediante los sentimientos es crucial para imponer sus ideas.

Para ellos, sus experiencias personales son prueba más que suficiente de que su ideología es la correcta. No necesitan datos; y si los necesitan, seleccionan cuidadosamente los que están a su favor. Los que no, son desechados para no perjudicar a la causa.

El progresismo se justifica en causas terribles y lamentables para ostentar sus ideas. Bajo esta lógica, pintarrajear monumentos e iglesias está bien porque muchas mujeres mueren. Mientras tanto, los violadores ven todo eso sentados cómodos en un sillón, satisfechos porque los daños al patrimonio histórico no van a impedirles violar.

Hablando de datos, una táctica también efectiva de los progres es el cientificismo; aunque esto es relativo, algunos la usan más que otros. La ciencia está del lado de los progres siempre y cuando seleccionemos los datos que favorecen esta religión; los datos que no lo hacen, son desechados.

El progre se desespera por monopolizar la razón y cree que quien se opone a ellos es alguien al que le hace falta cuestionarse las cosas. Los que concuerdan con los progres son racionales y los que no, son fanáticos.

Parece ser que la capacidad de cuestionamiento es algo de lo que solo pueden jactarse los progres. El resto de las personas somos «borregos» que nunca se cuestionan su realidad y que se someten a autoridades ilegítimas.

Por ejemplo, el progre dirá que la homosexualidad es común en ciertas especies de animales (insuficientes para ser regla, por supuesto) con el fin de legitimar su supuesta lucha por los derechos LGBT. Pero omitirá decir que los animales no tienen noción consciente de sexualidad y que por tanto no se consideran homosexuales ni heterosexuales.

Es también táctica del progre su naturalismo: dejarse llevar por los instintos. «Ya que el hombre es pecador por naturaleza, dejémoslo pecar». Todo intento de civilizar a las personas es imposición, opresión contra la libertad de decidir. Rousseau estaría orgulloso de ver este tipo de consignas propagarse tanto en el mundo de hoy: «El hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe».

Basta ver que para el progre no existen normas morales válidas; y si existen, son las que legitiman su discurso. Tener sexo con quien sea está bien, pero mantenerse virgen hasta el matrimonio está mal.

Por último, cabe destacar que el progre también utiliza lo que Orwell denominaba la neolengua. Fabricar conceptos útiles a su ideología ayuda a legitimar su discurso y a manipular las mentes ingenuas.

En sus panfletos ideológicos, los progres tratarán de evitar decir las feministas, y en su lugar dirán las mujeres. Así, cualquiera que lance una sola crítica contra el feminismo será acusado de manifestarse contra todas las mujeres. Aunque en el fondo sabemos que no son todas, sino un selecto grupo de ellas.

En este caso particular, es evidente que para un progre no importan todas las mujeres: solo las que sirvan como instrumento (desechable, por supuesto) para respaldar su ideología. No es extraño ver que en recopilaciones de mujeres importantes de la historia los progres eviten en lo posible mencionar a las creyentes, como Isabel la Católica, Elena Cornaro Piscopia, María Gaetana Agnesi o Hildegarda de Bingen.

Para los progres, las mujeres cristianas son seres inferiores, y las únicas que tienen validez son las nacidas después del año 1800. Esto siempre y cuando, vale recalcar, ayuden a legitimar su ideología.

Cabe destacar que, al igual que los progres, los católicos también tenemos dogma y doctrina: obedecemos al Magisterio de la Iglesia. La diferencia es que ellos no tienen respaldo histórico y que, además, niegan estar adoctrinados; lo niegan con todo el orgullo del mundo.

El cristiano auténtico debe ser misionero, no politiquero. Si los partidos políticos o colectivos ciudadanos exigen que renunciemos a nuestra fe para militar en ellos, mejor es no sumarnos. El camino al cielo es estrecho y angosto, a Dios no le gustaría que vendamos nuestros principios a costa del poder.

Negar a Cristo para obtener la aprobación del público es lo peor que podemos hacer en cuanto a activismo. Callar nuestra fe para agradar a las masas es anticristiano y funcional al sistema.

Al nutrirse en conocimientos históricos y en apologética, el católico estará en condiciones de resistir cualquier embate intelectualoide de los progres. No basta con decirles que están equivocados: hay que decirles por qué lo están y demostrarles cuál es el camino correcto.