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Incongruencia, coherencia, credibilidad, mínimos éticos que es preciso respetar en política. Bienaventuranzas del político

 

 

 

19 febrero, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Todos somos limitados y cometemos continuamente faltas que traicionan nuestra identidad como creyentes en Cristo. San Pablo, con gran realismo, confiesa que frecuentemente no hace el bien que quiere y, por el contrario, hace el mal que aborrece. Esta expresión muestra que la condición humana no ha cambiado mucho en veintiún siglos. Ayer y hoy los cristianos fallamos y, por lo tanto, estamos necesitados de una ayuda gratuita más grande que nuestras fuerzas, que nos permita corregir y continuar.

La incongruencia no sólo afecta nuestra relación de amistad con Dios. Existe también una dimensión de la incongruencia que, si bien es secundaria, resulta sumamente relevante desde un punto de vista cristiano-misional y político: lo que hace creíble a la fe y a las propuestas sociales inspiradas en ella es precisamente el testimonio que los actores brindan de que es posible vivir de acuerdo con Cristo y con los valores que se desprenden de su encuentro.

La mercadotecnia, por eficaz que sea, no puede lograr lo que realiza la coherencia entre fe y vida. La coherencia fe-vida muestra precisamente que la vida puede configurarse de modo diverso a la lógica del poder. Además, la coherencia genera confianza y la confianza es una realidad cualitativa sin la cual la vida social naufraga. Vale la pena insistir: un apasionado y emotivo discurso, un magnífico «plan estratégico», un rostro resuelto en un cartel de propaganda no puede sustituir el mensaje que transmite la vida entera transformada por Cristo.

Los católicos involucrados en actividades políticas no podemos olvidar este aspecto fundamental. La credibilidad de la dimensión social del Evangelio se juega en cierto grado en nuestra coherencia personal, en nuestro testimonio privado y público.

Por esto puede ser muy grave que quienes hemos encontrado a Cristo poco a poco lo coloquemos en un papel secundario —meramente «motivacional»— al momento de actuar en la vida pública. Más grave aún es el caso de quienes, al momento de decidir, subordinan las exigencias éticas de la fe al pragmatismo de la racionalidad puramente instrumental.

En política es importante tener claro cuáles son los mínimos éticos que es preciso respetar. Si el político es, además, católico, los mínimos éticos son sumamente explícitos a menos que cínicamente se subordinen los contenidos básicos de la antropología cristiana a los intereses del poder. Los mínimos éticos no se pueden violar ni siquiera mínimamente. Ellos coinciden con los absolutos morales, es decir, con esas pocas normas que no admiten excepción en ninguna circunstancia. Una aplicación elemental de esta doctrina es: «si eres católico y haces política, tendrás que tolerar muchas cosas malas que no puedas corregir, sin embargo, nunca has de colaborar activamente a su realización a menos que te encuentres en una situación de estricto mal menor, es decir, si es totalmente imposible obrar el bien».

La incongruencia entre la fe y la vida en los políticos católicos lastima a la vida y lastima a la fe. El daño es importante por motivos estrictamente religiosos y también por motivos estrictamente políticos, ya que el anhelo de congruencia en nuestras sociedades, hoy más que nunca, es muy grande.

Tomás Moro sabía de las infidelidades de Enrique VIII con su amante Ana. Sabía que un problema de vida privada podía tener consecuencias graves en el orden público. Tomás oraba por el Rey, por su conversión, y le ayudaba como canciller para que su ejercicio del poder fuera lo mejor posible. Sin embargo, más pronto que tarde, la vida privada desordenada de Enrique trascendió al ámbito público. Cuando una fragilidad personal se transforma en acto de gobierno, en legislación o en política pública el católico no puede sino mostrar con claridad su propia convicción y actuar con coherencia.

Un católico no puede secundar una acción intrínsecamente mala y menos si esta afecta gravemente el bien común. La coherencia de vida de Tomás tuvo consecuencias. El rey terminó condenándolo a muerte por no firmar un acta que implicaba la traición a su fe. Sin embargo, a través de su muerte logró mostrarnos que la vida puede ser de otro modo, puede responder a valores elevados, puede responder en el fondo a Cristo que antes ya había dado su vida por todos.

El «triunfo político» de Enrique al darle muerte a Tomás fue también su derrota. Enrique VIII fracasó en su humanidad al darle muerte a su fiel colaborador. Por otro lado, Tomás triunfó en un sentido real, aunque no-político: afirmó con su vida que el poder no se basta a sí mismo, sino que sólo adquiere sentido cuando se pone al servicio de la verdad y de la bondad.

La congruencia entre fe y vida no es fácil. A veces es dramática. Sin embargo, la gracia existe en nuestra historia precisamente para hacerla posible.

El Papa Francisco, en su mensaje para una Jornada Mundial de la Paz, dijo:

Merece la pena recordar las “bienaventuranzas del político”, propuestas por el cardenal vietnamita Phanxicô Xaviê Nguyễn Văn Thuận, fallecido en el año 2002, y que fue un fiel testigo del Evangelio:

Bienaventurado el político que tiene una alta consideración y una profunda conciencia de su papel. Bienaventurado el político cuya persona refleja credibilidad. Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés. Bienaventurado el político que permanece fielmente coherente. Bienaventurado el político que realiza la unidad. Bienaventurado el político que está comprometido en llevar a cabo un cambio radical. Bienaventurado el político que sabe escuchar. Bienaventurado el político que no tiene miedo.

Y agregó: Sabemos bien que la búsqueda de poder a cualquier precio lleva al abuso y a la injusticia. La política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre, pero cuando aquellos que se dedican a ella no la viven como un servicio a la comunidad humana, puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso de destrucción.

Un político coherente busca llevar a cabo aquellos programas prometidos a sus votantes. Un político incoherente no realiza lo que había ofrecido a la gente como proyecto electoral.

Que haya coherencia en política resulta difícil. En parte, porque hay políticos que dicen defender lo que en realidad saben imposible. En parte, porque una cosa son los proyectos ideales y otra muy distinta la realidad vista al recibir un encargo concreto.

Las dificultades para ser coherentes en política no quitan el deseo de la gente de que lo que prometen los políticos durante la campaña electoral sea luego respetado en el parlamento, en el gobierno o en otras instancias de poder.

Además, las incoherencias de no pocos políticos generan una gran desconfianza. ¿Cómo saber lo que harán los futuros parlamentarios y gobernantes que no fueron capaces, en el pasado, de respetar sus promesas?

Por eso, la coherencia que se espera de los políticos (y no solo de ellos) tiene una importancia enorme para generar confianza y respeto hacia quienes están llamados, en teoría, a defender no sus intereses, sino el bien general.

En un mundo lleno de incoherencias y de engaños, de mentiras y de maniobras oscuras, encontrar políticos coherentes no resulta fácil.

Pero quien de verdad cree en lo que propone y luego busca realizarlo si es elegido (esperamos, desde luego, que se trate de algo bueno), adquiere credibilidad y garantiza a la gente que sus votos serán tenidos en cuenta.

La coherencia en política resulta ser, por lo mismo, un requisito básico para que haya respeto hacia quienes más se comprometen en la vida pública. Porque solo será buen candidato a cualquier cargo público quien manifiesta con transparencia sus propios programas, y luego intenta aplicar en serio el deseo de quienes lo votaron precisamente para llevar a cabo esos programas.

Nuestra lucha, —nos dice San Pablo— no es contra hombres sino contra Satanás y los espíritus malignos y por eso debemos buscar nuestra fuerza en el Señor: «Potenciáos en el Señor y en el poder de su fuerza, vestíos con la armadura de Dios, para que podáis resistir a las tácticas del diablo, porque nuestro combate no es contra sangre y carne, sino contra los principados y las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos del aire».

Aunque Marx, Gramsci y otros críticos de la fe católica afirmen por un lado que el cristianismo y la Iglesia son cosas del pasado, reliquias, cadáveres: sin embargo, no pierden ocasión de referirse a él, e incluso lo declaran el peor enemigo. Toda su guerra es contra el pueblo católico.

El pontificado de Juan Pablo II es riquísimo en hechos políticos notables, que merecerían un análisis pormenorizado, porque el Papa es un profeta que nos enseña cómo actuar en el terreno político. Juan Pablo II nos enseña que no debemos marginarnos de la política, al mismo tiempo que no debemos permitir que nos encierre y que debemos estar por encima de ella.

 

 

Bienaventuranzas del político:

1.- «Bienaventurado el político cuya persona refleja la credibilidad. En nuestros días, los escándalos en el mundo de la política… se multiplican haciendo perder credibilidad a sus protagonistas. Para cambiar esta situación, es necesaria una respuesta fuerte, una respuesta que implique reforma y purificación a fin de rehabilitar la figura del político».

 2.- «Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés. Para vivir esta bienaventuranza, que el político mire su conciencia y se pregunte: ¿estoy trabajando para el pueblo o para mí? ¿Estoy trabajando por la patria, por la cultura? ¿Estoy trabajando para honrar la moralidad? ¿Estoy trabajando por la humanidad?».

3.- «Bienaventurado el político que se mantiene fielmente coherente, con una coherencia constante entre su fe y su vida de persona comprometida en política; con una coherencia firme entre sus palabras y sus acciones; con una coherencia que honra y respeta las promesas electorales».

4.- «Bienaventurado el político que realiza la unidad y, haciendo a Jesús punto de apoyo de aquélla, la defiende».

5.- «Bienaventurado el político que está comprometido en la realización de un cambio radical, y lo hace luchando contra la perversión intelectual; lo hace sin llamar bueno a lo que es malo; no relega la religión a lo privado; establece las prioridades de sus elecciones basándose en su fe; tiene una Carta Magna: el Evangelio».

6.- «Bienaventurado el político que sabe escuchar, que sabe escuchar al pueblo, antes, durante y después de las elecciones; que sabe escuchar la propia conciencia; que sabe escuchar a Dios en la oración. Su actividad brindará certeza, seguridad y eficacia».

7.- «Bienaventurado el político que no tiene miedo. Que no tiene miedo, ante todo, de la verdad: “¡la verdad no necesita de votos!”. Es de sí mismo, más bien, de quien deberá tener miedo. El vigésimo presidente de los Estados Unidos, James Garfield, solía decir: “Garfield tiene miedo de Garfield”. Que no tema, el político, los medios de comunicación. ¡En el momento del juicio él tendrá que responder a Dios, no a los medios!».

 

 

Estas «bienaventuranzas del político», fueron escritas por el cardenal vietnamita Francisco Javier Nguyên Van Thuân. Aquí una breve semblanza:

Francisco Javier Nguyên Van Thuân fue nombrado por Pablo VI arzobispo coadjuntor de Saigón, pero a los pocos meses, con la llegada del régimen comunista al poder de Vietnam, fue arrestado. Pasó 13 años en la cárcel, 9 de ellos en régimen de aislamiento. En 1988 fue liberado y puesto bajo régimen de arresto domiciliario en Hanoi, sin permitírsele regresar a su sede diocesana. En 1991 se le autorizó ir de visita a Roma, pero no se le permitió el regreso. Desde entonces vivió exiliado en esa ciudad.