Colaboraciones

 

No es la política, es la cultura

 

 

 

25 febrero, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Los católicos nos empeñamos en conquistar la política... y ese es el gran error. El combate político no se puede ganar sin antes haber conquistado la cultura.

La izquierda lo sabe muy bien tras leer a Antonio Gramsci, el ideólogo del legendario PCI (Partido Comunista Italiano) que repetía por activa y pasiva que para conquistar el poder primero hay que ganar la batalla cultural.

Conquistar la prensa, la televisión, el cine, el mundo editorial... agitar el árbol de la opinión pública, y los votos caerán como fruta madura.

Eso es lo que decía Gramsci y nuestros queridos zurdos lo han aplicado con rigor en los últimos 40 años en España. Por eso se han mantenido en el poder sin problema. En ocasiones se han visto desalojados del Gobierno, pero el poder no lo han perdido. Y así han ido cumplido su hoja de ruta (aborto, matrimonio homosexual, ideología de género...) teniendo la certeza de que los políticos del PP, tan pendientes ellos de los estudios demoscópicos, no revocarían ni una sola ley de las llamadas «sociales» y así ha sido.

La única posibilidad de entusiasmar a la gente y hacer que el ciudadano sienta un proyecto como propio es dándole voz, dejándole participar. Un ciudadano, un voto. También en un partido político. Nada de delegados ni avales.

Una organización cerrada y partitocrática como las actuales (PP o PSOE) no garantiza que el adn fundacional se mantenga intacto, sino todo lo contrario. Mejor apostar por el riesgo de la libertad que por estructuras cerradas.

¿Qué debemos hacer los católicos para pintar algo en política? Si me permiten una recomendación: hacer caso a Gramsci. Ganemos primero la batalla cultural y los votos se darán por añadidura.

Nuestro país bate récords para lo bueno y lo malo. Posiblemente no hay otro Estado en el mundo, con la mayoría social cristiana que todavía se manifiesta en nuestra querida Celtiberia, cuyo Parlamento destaque por la llamativa ausencia de católicos, no solo confesos o culturales, sino ejercientes en dar algo de juego en el testimonio público y que le partan la cara por defender una serie de principios. Una enorme esquizofrenia que deberían analizar los sociólogos.