Colaboraciones
Una Universidad cristiana
04 marzo, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
Estatua de Fray Luis de León frente a un patio
de la Universidad de Salamanca, España.

En nuestro contexto actual educativo, los cristianos hacemos la propuesta clara y precisa de un arraigo de la vida y de la cultura en el Evangelio, de una referencia querida a Jesucristo y a su Palabra, en una Universidad cristiana.
«La Universidad católica, para cumplir su función ante la Iglesia y ante la sociedad, tiene la tarea de estudiar los graves problemas contemporáneos y de elaborar proyectos de solución que concreticen los valores religiosos y éticos propios de una visión cristiana del hombre» (Consejo Pontificio de la Cultura, Presencia de la Iglesia en la Universidad y en la cultura universitaria, 1994).
«La Escuela y Universidad cristiana se define por la referencia explícitamente querida al Evangelio de Jesucristo, a los valores de la paz, del perdón, de la justicia y del amor. Lo esencial de esta formación es Jesucristo vivo, revelador y promotor de un sentido nuevo en la existencia humana, totalmente original y salvadora. Jesucristo, al vivir toda la existencia humana a la manera de Dios, comunicó al hombre los valores divinos que le hacen la creatura más digna dentro del Cosmos: el valor del amor, de la inteligencia, de la maternidad y paternidad, de la compasión, del perdón, de la solidaridad con el necesitado.
»De los valores contenidos en las Bienaventuranzas, la escuela cristiana hace los móviles de la formación que ella ofrece y el verdadero estímulo de las actividades que ejerce. Busca el rigor en toda actividad intelectual, física y manual, como expresión del respeto; la cultura como capacidad de comunión; la atención como escucha de las cosas, de los acontecimientos, de las personas. No ambiciona enriquecer materialmente a los alumnos, sino capacitarlos como líderes abiertos, activos y disponibles, que transformen la sociedad. La escuela cristiana no ve el futuro como el tiempo del poder y de la influencia buscados en sí mismos, sino como el del servicio y de la amistad. “Para ella, el mundo no existe para poseerlo, sino para descubrirlo, para recibirlo, para arreglarlo y compartirlo. Los hombres —todos los hombres— no existen para que se los reclute, sino para ser amados y liberados. Enseñar, sea lo que fuere, es empezar a amar”» (P. Ferdinand Lambert, s. j.).
A modo de recapitulación, diremos que en esta Universidad la referencia explícita a las Bienaventuranzas evangélicas dirige toda la actividad de cada uno. Enraizados en este fundamento inamovible, encontramos propuestos los valores siguientes: sinceridad, dignidad, autoestima, equilibrio, honradez, felicidad, confianza, gratitud, orden y disciplina, respeto, ecuanimidad, decisión, vida familiar, fe, humildad, colaboración, dominio de sí, resistencia, valentía, perseverancia, interioridad, respeto, responsabilidad, compromiso.
En estos tiempos que vivimos, ya no es tan fundamental que el alumno adquiera datos, conocimientos; ni es tan fundamental que el alumno desarrolle habilidades. Ahora lo realmente fundamental es que la escuela transmita valores. Hablamos de educación en valores, no de educación de valores; porque lo que se debe hacer es transmitir contenidos que pueden ser de cualquier índole, pero en un ámbito que tenga en cuenta a los valores. No solo hablar o conocer, sino ser.