Colaboraciones

 

Diálogo

 

 

 

09 marzo, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Mirar

No soy militante de un partido político, ni es mi intención intervenir en su vida, a no ser que lesionaran derechos de Dios, del ser humano y de la Casa Común. Sin embargo, la política, en su sentido original, es la preocupación por la ciudad, por la ciudadanía, por la comunidad, y esa es responsabilidad de todos, de la que no podemos eximirnos. Y para nosotros creyentes el camino es Jesús. Él no organizó a la gente para derrochar (dilapidar, derribar) al invasor imperio romano; sin embargo, su palabra inspiró cómo debería ser la vida en comunidad, sin dominios injustos y arbitrarios. Con el tiempo, ese imperio se derrumbó.

Se puede dialogar, sin pelear. Esa es la buena política. Quien sólo insulta y descalifica diariamente a todos, no sabe dialogar; se impone.

El diálogo con los gobernantes y políticos no es para sacar ventajas, para hacer alianzas, para violar la laicidad del Estado, sino para buscar juntos lo más conveniente para la comunidad. ¡Cuánto tenemos que aprender a dialogar! Esa es la buena política, no la demagogia de quien más ofende, de quien más promete, de quien más cosas regala, de quien más apoyos sociales ofrece, a cambio de votos.

 

Discernir

El Papa Francisco, en un discurso a los miembros de la Fraternidad Política Chemin Neuf, les dijo: «La política es ante todo el arte del encuentro. Ciertamente, este encuentro se vive acogiendo al otro y aceptando sus diferencias, en un diálogo respetuoso. Como cristianos, sin embargo, hay más:  ya que el Evangelio nos pide amar a nuestros enemigos (cf. Mt 5, 44), no puedo contentarme con un solo diálogo superficial y formal, como esas negociaciones a menudo hostiles entre partidos políticos.  Estamos llamados a vivir el encuentro político como un encuentro fraterno, especialmente con los que están menos de acuerdo con nosotros; y esto significa ver en aquel con quien dialogamos un verdadero hermano, un hijo amado de Dios.

»Este arte del encuentro comienza, pues, con un cambio de mirada sobre el otro, con un acoger y respetar su persona incondicionalmente. Si tal cambio de corazón no ocurre, la política corre el riesgo de convertirse en una confrontación a menudo violenta para hacer triunfar las propias ideas, en una búsqueda de intereses particulares más que del bien común, contra el principio de que «la unidad prevalece sobre el conflicto».

»Desde el punto de vista cristiano, la política es también reflexión, es decir, formulación de un proyecto común. Como cristianos, entendemos la política como un encuentro, que se realiza con una reflexión común, en busca de este bien general, y no simplemente con la confrontación de intereses en conflicto y a menudo opuestos. En resumen, “el todo es mayor que la parte”.  Nuestra brújula para elaborar este proyecto común es el Evangelio, que trae al mundo una visión profundamente positiva del hombre amado por Dios.

»Finalmente, la política también es acción. Como cristianos, siempre necesitamos comparar nuestras ideas con la profundidad de la realidad, si no queremos construir sobre la arena que tarde o temprano acaba cediendo. No olvidemos que “la realidad es más importante que la idea”. Por lo tanto, yo animo su compromiso con los Migrantes y la ecología. Así supe que algunos de ustedes han elegido vivir juntos en medio de un barrio popular de París, para escuchar a los pobres: ¡esta es una forma cristiana de hacer política!.

»No olviden estas líneas: que la realidad es más importante que la idea; no se puede hacer política con ideología. El todo es superior a la parte, y la unidad es superior al conflicto. Busquen siempre la unidad y no se pierdan en el conflicto.

»Encuentro, reflexión, acción: he aquí un programa político en sentido cristiano.  Pienso que realmente lo experimentan, especialmente en sus reuniones de los domingos por la noche: es orar juntos al Padre de quien todo procede, es imitando a Jesucristo, es escuchando al Espíritu Santo para que vuestro cuidado por el bien común adquiera una fuerza interior muy poderosa estimulante. Porque así se practica la política como “la más alta forma de caridad”, como la definió el Papa Pío XI» (16-V-2022).

 

Actuar

Aprendamos a dialogar desde la familia. Es un arte y una ascesis. Es una virtud. Que los hijos vean que sus padres pueden discutir, esgrimir razones contradictorias, proponer opciones diferentes, pero se aman, se respetan, se valoran, se toman en cuenta, saben ceder. Es un aprendizaje de toda la vida, y un camino hacia una política madura y benéfica para la sociedad. Solo así construimos la paz social, que tanta falta nos hace.

 

Democracia y diálogo

¿Sirve la democracia para promover el diálogo, o sirve el diálogo para promover la democracia? Así formulada, la pregunta parecería afirmar que primero existe una cosa y luego la otra, o que uno de los polos resulta clave para promover el otro.

Alguno observará, con razón, que diálogo y democracia van de la mano, hasta el punto de que las dos realidades serían inseparables. Sin embargo, en sistemas no democráticos ha habido diálogos, y en sistemas democráticos no siempre se promueve el diálogo. Para constatar lo primero, basta con entrar en una familia y hablar de política con ideas diferentes, a espaldas de lo que imponga un dictador. Para lo segundo, basta con asistir a algunas sesiones de un parlamento considerado democrático para presenciar un «diálogo» de sordos.

Hay lazos fuertes que permiten mejorar la democracia cuando las personas aprenden, de verdad, a dialogar; y cómo el mismo ideal democrático estimula el arte del diálogo entre posiciones diferentes. Es cierto, como ha sido observado, que el diálogo en abstracto no existe. Dialogan personas educadas o maleducadas, prudentes o insensatas, de mente abierta o llenas de prejuicios, respetuosas o agresivas (aunque solo se use el dardo de palabras ofensivas contra el otro).

El diálogo resulta ser un fenómeno rico y complejo, con muchos matices y muchos cambios, con un continuo esfuerzo por mejorar y con retrocesos que generan incomprensiones, incluso agresividad. Lo mismo puede decirse de la democracia: no es algo abstracto, sino que depende de leyes y de quienes las interpretan y aplican, de personas que dominan los partidos políticos y de la gente que va a votar (con mayor o menor conciencia de lo que proponen unos y otros).

Estos y otros aspectos muestran problemáticas que tocan en su núcleo más profundo las relaciones que pueden darse entre democracia y diálogo. Lo que sí podemos afirmar, ante este tema, es que un continuo esfuerzo por mejorar el diálogo haría posible no solo evitar democracias enfermizas, sino facilitar, en positivo, un mejor entendimiento de las personas, que siempre son las más interesadas en promover la justicia y la convivencia entre todos los miembros de la sociedad.

Diálogo franco, sencillo, lleno de honestidad.