Colaboraciones

 

Karl Marx y la religión (I)

 

 

 

23 marzo, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Para izquierdadiario.es, «Marx describió la religión como “el opio del pueblo”, una frase que encapsula su visión de la religión como una forma de escapismo que adormece a las masas frente a las injusticias del sistema capitalista. Esta crítica no se limita a una oposición a la fe individual, sino que se enfoca en cómo las instituciones religiosas han sido históricamente cómplices de la opresión y el mantenimiento del status quo. La religión, en esta visión, es vista como una ideología que refuerza la sumisión y la aceptación de la explotación.

»Para el marxismo, la verdadera emancipación humana solo puede lograrse cuando las personas se liberen de todas las formas de opresión, incluidas las religiosas. Esto no significa que el marxismo busque imponer el ateísmo, sino que promueve una sociedad en la que las creencias religiosas no sean utilizadas como herramientas de control social. La crítica marxista a la religión se centra en su función social y política, más que en la fe personal de los individuos.

»En resumen, el marxismo es una corriente atea porque su enfoque materialista rechaza las explicaciones sobrenaturales y critica la religión como una herramienta de opresión. Esta perspectiva es esencial para su visión de una sociedad emancipada, donde las personas son libres de todas las formas de opresión, incluidas las ideológicas y religiosas. El marxismo, al promover un análisis crítico de todas las formas de dominación, busca liberar a la humanidad de las cadenas que la atan a un sistema de explotación y alienación».

Que el marxismo se disuelve es evidente, por más que los viejos intelectuales marxistas de Occidente se nieguen a cualquier autocrítica y guarden sepulcral silencio. No obstante, quizá hayan de pasar décadas antes de poder decir: «Marx ha muerto».

Porque Marx es portador no solo de un mensaje frustrado, sino de una mentalidad compartida en buena parte por el «capitalismo salvaje» y por cualquier materialismo militante. Marx recogió y recubrió con aspecto científico —aunque muy poco resistente a la crítica— la retórica del ateísmo de siempre.

«La religión —dice Marx en su Filosofía del Derecho— es el suspiro de la criatura oprimida, la conciencia de un mundo sin corazón, así como ella misma es el espíritu de una situación sin espíritu. Es el opio del pueblo; es decir, algo así como una droga, una evasión de la realidad, un refugio del sentimiento que, por otra parte, según Marx, impide al hombre lanzarse a la conquista del bien temporal de la sociedad, mediante la lucha con las fuerzas opresoras que no serían otras que las del capitalismo. La lucha a muerte con el capitalismo para instaurar la soñada sociedad comunista («último fin» marxista) es el motor de la praxis marxista, su fuerza de arrastre, su mensaje mesiánico».

El escaso vigor metafísico de Marx le impedía analizar con justeza su propia situación y entorno y vio siempre la religión como indisoluble del trono, de la monarquía, del Estado; es decir, unida a sus enemigos. Si él, se encuentra al lado de acá, pone la religión al lado de allá, en la acera de enfrente. De modo que, si Marx es comunista y su enemigo el capitalismo, la religión habrá de ser por fuerza capitalista; si él se considera progresista, la religión será reaccionaria. Sus críticas a la religión proceden de simplificaciones casi inauditas. Ya en su tesis de doctorado sobre la filosofía de la naturaleza en Demócrito y Epicuro, presenta la religión como alienación del hombre y una filosofía —la suya— que no se esconde para decirlo: asume la profesión de Prometeo; «en una palabra, ¡tengo odio a todos los dioses!». Y Marx, en su filosofía, será fiel a este principio tan poco filosófico que es la visceralidad, el sentimiento; la voluntad, en definitiva, pasará por encima de la razón y le impondrá a esta postulados que no resisten ni la crítica del sentido común ni la de una filosofía rigurosamente fundada en la realidad de las cosas y de la historia.

Se hallan en Marx tres argumentos fundamentales con los que pretende haber arruinado los cimientos racionales del fenómeno religioso, calificados respectivamente de «crítica psicológica», «crítica sociológica», y «crítica dialéctica».