Colaboraciones
Karl Marx y la religión (II)
24 marzo, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
En segundo lugar, cabría señalar que el criterio que guía a Marx en su crítica a la religión es el de la utilidad social. En rigor, Marx no se pregunta si hay Dios, sino si es útil o perjudicial que los hombres crean en Dios; y responde con la segunda alternativa: Marx comete pues varios errores: reduce la religión a un fenómeno social y afirma que es perjudicial para la sociedad.
Pero aun tomando como criterio de certeza el de la utilidad, no es legítimo negársela a la religión y mucho menos a la religión católica. Cualquier historiador imparcial sabe del enorme influjo del cristianismo en el orden de los más preciados valores que hoy son estimados en la civilización occidental. Sin embargo, insistimos, la cuestión primera no es si la religión es útil o no, sino más bien si es verdad o no que hay Dios personal al que el hombre deba corresponder con amorosa adoración. Al estar bien probado que esto es así queda además claro que la religión no puede reducirse a una forma social, puesto que, ante todo, impone una relación personal entre el hombre y Dios. Reconocerse criatura —en dependencia esencial al Creador—, no es humillación alienante, de esclavo que renuncia a su dignidad de persona, sino reconocimiento agradecido de una dignidad incomparable, muy superior a la que tendría si se tratara solamente de un simio evolucionado. El cristiano sabe, además, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, de modo que su trato con el Creador no es el de un siervo, sino el de un hijo amadísimo, abierto a una «amistad» entrañable con el Amor infinito que es Él. Esta relación de filiación gozosísima, le permite comprender, con una profundidad insospechada para el incrédulo, que es en verdad y con fundamento inquebrantable hermano de todos los hombres, hijos de un mismo Padre. Así, toda persona merece un respeto que se diría infinito, aunque se trate de un enemigo, incluso si se llama Karl Marx. Este, por lo demás, es el único fundamento capaz de crear la conciencia de una verdadera fraternidad universal (la existencia de un Padre común), manifestada en el empeño por la consecución de un orden social en el que impere no solo la estricta justicia, sino lo que va más allá de todo lo estrictamente debido: el amor «con obras y de verdad». Un cristiano puede dejar incumplidas las exigencias de su fe, pero este hecho no autoriza a negar la «utilidad» de la verdadera religión, su espíritu potenciador del progreso hacia formas sociales cada vez más justas y dignas de la persona. Aun desde este parcial punto de vista, debiera entenderse que, si se pretende un justo orden social, lejos de combatir la religión, el mejor camino comienza con la invitación a los cristianos a ser cada día más consecuentes con su fe.
Solo puede acusarse a la religión de «reaccionaria» cuando se pretende que el progreso social no puede lograrse más que por la revolución violenta y bajo la forma del comunismo materialista. El cristianismo —frente al comunismo— defiende la propiedad privada por muy sólidas razones que se fundan precisamente en algo que desconoce el materialismo dialéctico: la dignidad de cada persona humana en singular (no ya del «hombre genérico») y su derecho a disponer en propiedad (no como un préstamo del Estado o de la comunidad política) algo más que su cepillo de dientes: aquellos bienes convenientes para llevar —con los suyos—, una vida conforme a la dignidad que le es propia.
La Iglesia no es «conservadora» ni «progresista»; trasciende estas categorías, porque su fin esencial es sobrenatural: la salvación eterna de los hombres, sin desentenderse, al contrario, de su modo de existir en el mundo. Cumpliendo fielmente su fin hará indirectamente la más eficaz labor en el orden social, despertará la responsabilidad de los fieles con vistas al servicio que han de prestar —desde muy diversas opciones temporales— a sus hermanos del mundo entero.
La crítica psicológica
Los «clásicos» del marxismo (Marx, Engels, Lenin) han buscado también el modo de desprestigiar la religión basándose en argumentos de tipo psicológico. Pretenden haber hallado el origen de la idea de Dios en determinados condicionamientos sociales. Engels se explica de la siguiente manera:
«Toda religión no es más que el reflejo fantástico en el cerebro de los hombres de las potencias externas que dominan su existencia cotidiana, reflejo en el que las potencias terrestres adoptan la forma de potencia supraterrestres. Al comienzo de la historia son primeramente las potencias de la naturaleza las que están sujetas a ese reflejo y las que, al continuarse el desarrollo, adquieren en los diferentes pueblos las personificaciones más diversas y variadas… Pero ocurre que, enseguida, junto a las potencias naturales, entran en acción asimismo las potencias sociales, potencias que se alzan frente a los hombres y que les son igualmente extrañas y, al principio, igualmente inexplicables, dominándoles con la misma apariencia de necesidad natural que las fuerzas de la naturaleza… En una fase más avanzada de la evolución, el conjunto de los atributos naturales y sociales de los numerosos dioses se deposita en un solo Dios todopoderoso y que no es en sí una vez más, otra cosa que el reflejo del hombre abstracto. Así es como nació el monoteísmo que, en la historia, fue el último producto de la filosofía griega vulgar y ya en su ocaso y que halló su encarnación, ya de antes preparada, en el Dios nacional exclusivo de los judíos, Yavé. Bajo esta forma cómoda —continúa Engels—, manejable y susceptible de adaptarse a todo, la religión puede subsistir como forma inmediata, es decir, sentimental, de la actitud de los hombres respecto a las potencias extrañas, naturales y sociales que les dominan, mientras los hombres están bajo la dominación de estas potencias» (Engels, en Anti Dühring, pp. 355-356).
Engels incurre en el error extendido en su tiempo, de admitir sin crítica la hipótesis que establece el politeísmo como anterior o previo al monoteísmo. Una hipótesis que nunca ha sido probada, antes bien parece definitivamente desmentida por las investigaciones iniciadas por el etnólogo y lingüista Wilhelm Schmidt (1864-1954) que han puesto de manifiesto la existencia de un monoteísmo primordial en el conocimiento y veneración de un Ser supremo, fácil de hallar en numerosos pueblos primitivos. Pero la crítica radical que merece la hipótesis sostenida por Engels la haremos un poco más adelante. Veamos antes los matices y las intenciones que cobra el argumento en los textos marxistas.
Cuando la mente humana cae en la trampa del materialismo, se ciega para toda realidad de rango superior a la materia y todo habrá de explicarlo a partir de realidades materiales, aun lo irreductible a ellas, como la mente, que el marxismo considera como una mera secreción del cerebro. Toda realidad superior habrá de ser negada a priori, pero al mismo tiempo se pretende presentar esa negación como «científica», aunque para ello haya que forzar las experiencias más claras e inmediatas. Es claro que el conocimiento más o menos razonado —según los tiempos y los pueblos— de la existencia de un Ser supremo, de una ley natural, de una dignidad inherente a la persona humana, etcétera, son cosas todas ellas sin sentido en una concepción materialista del universo (y por lo tanto, en el marxismo). La religión entonces —sobre todo si contiene la plenitud de la Verdad— se presenta como principal enemigo. La religión, por el mero hecho de afirmar el respeto debido a la persona en sí —y, en consecuencia, por ejemplo, la defensa de la vida del inocente por encima de la utilidad social, la defensa del derecho a la propiedad privada y la condenación del odio negador de tal dignidad— habrá de ser necesariamente combatida; habrá que luchar ante todo por barrer de la conciencia de los hombres la idea de Dios, de la fraternidad universal (sustituyéndola por la idea de una camaradería vinculante tan solo con los miembros del Partido), la idea de un más allá de la historia temporal y la vida eterna. Todas estas cosas deben ser negadas —no hay alternativa— si se quiere poner en marcha una revolución que significa lucha de clases —odio a muerte a ciertos hombres—; obediencia incondicional al Partido que, para ser eficaz en la práctica —la utilidad es el único criterio de verdad y bondad—, ha de tener en su poder la posibilidad de disponer de la vida de las personas. Puesto que este es el camino obligado y proclamado en el marxismo, es también obligado combatir la religión. Esta obligación no es accidental sino sustancial a esa doctrina, aunque bastantes creyentes —ingenuamente— estuvieron persuadidos de que se podía aprovechar «lo positivo» del marxismo y unirse a él para conseguir una sociedad más justa. Ahora bien, la doctrina y la praxis marxista, lo que ha conseguido —también cuando se ha unido a cristianos— ha sido la progresiva desaparición del sentido religioso; ha favorecido siempre la lucha contra la religión; ha introducido donde no la había la lucha de clases, empobreciendo a todos (salvo unos pocos de la clase marxista dominante), impidiendo el desarrollo de los pueblos, anulando el sentido de responsabilidad personal (consecuencia inevitable del colectivismo), eliminando el sentido positivo del trabajo (tratado también como «alineación»), en fin, arrasando los valores más preciados de la cultura occidental: el valor de la verdad y —solidario— el valor de la libertad. La caída del muro de Berlín en 1989, ha sido la gran revelación al mundo de lo que es capaz de arrasar un régimen marxista de ochenta años de duración.