Colaboraciones

 

Reflexiones sobre lo que diferencia al hombre de los animales (II)

 

 

 

14 abril, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

La persona es el principio que integra todos los aspectos del ser y los lleva a la unidad. Tal integración no está realizada de antemano, sino que supone la tarea que el ser debe realizar, dominando sus elementos inferiores y constituyendo así su personalidad. La persona une inteligencia y voluntad, conocimiento y libertad, para la realización de esa tarea.

La persona no es parte, sino todo. En tanto que el individuo es parte de un todo, la persona, como categoría espiritual, no es parte, sino totalidad en sí misma; no es aplicable a la persona el concepto de parte, puesto que el espíritu no es un compuesto.

La persona es indeterminable e inaprensible. Así como el individuo, en su realidad biológica, es perfectamente determinable, la persona, como realidad espiritual, es inaprensible. Podemos observar al ser, pero la persona no se muestra a la observación; permanece, por así decirlo, «detrás» del ser operante. El espíritu no se sujeta a la observación y al análisis de la razón, porque supera infinitamente toda categoría racional. La persona, inalcanzable en sí misma, se revela a través de su acción.

La persona es única, irrepetible. Cada persona es única e irrepetible, y en ello se fundamenta su valor eterno. Cada hombre es un valor absoluto en sí mismo, distinto de todos los demás, único e inimitable; de ahí su dignidad inalienable y su valor insustituible.

La persona es el sujeto que sostiene al ser. La persona «lleva» y sostiene al ser en todas sus operaciones, en todas sus acciones y manifestaciones. Es aquello a través de lo cual el ser actúa.

La persona no es algo «añadido» al ser. El hombre se compone de cuerpo y alma, o de cuerpo, alma y espíritu, si consideramos a este último como esa «punta fina» del alma capaz de «rozar» la divinidad. La persona no es algo que se añade a ese conjunto, sino el conjunto mismo, en la medida en que está centrado en su sujeto, en la propia persona como sujeto y portador del ser en su conjunto, al que centra y unifica.

La persona no es algo dado, sino un proceso de autoconstrucción. La persona se construye a sí misma mediante la profundización en su propio principio espiritual; no es algo ya realizado, sino una tarea a realizar, a fin de llevar a término el proyecto que Dios ha iniciado al crear esa persona. La persona es un proyecto de Dios que debe autorrealizarse.

La naturaleza de la persona es dinámica. La persona es espíritu y, por tanto, energía creadora; debe poner en juego esa energía creadora para romper su estado de aislamiento y alcanzar el mundo divino.

La persona es superación de uno mismo. La persona se construye superando aquello que hay de únicamente natural en el ser, su individualidad; es la superación de uno mismo.

La persona es, en principio, potencialidad. El carácter dinámico de la persona y su condición de proyecto o tarea a realizar implican el paso de la potencia al acto. La persona es pura potencialidad del ser, que debe llegar a ser acto. El individuo pertenece a la naturaleza; la persona está por encima de la naturaleza. Pasar de la potencia al acto implica romper la dependencia, la subordinación a la naturaleza del individuo.

La persona es creada por Dios, pero «terminada» por el hombre. En la medida en que la persona es una «tarea a realizar», una potencialidad que debe llegar a ser acto, puede decirse que es fruto de la sinergia entre la acción de Dios y la del hombre en uso de su libertad. Su existencia implica crecimiento, desarrollo y, al mismo tiempo, sacrificio, puesto que ese crecimiento se sustancia mediante el sacrificio de lo que hay de natural en el hombre y su subordinación al espíritu.

La persona es irreductible al individuo. La existencia de la persona implica salir de la individualidad e incardinarse en el espíritu, cuya naturaleza comporta universalidad. La persona no es separable del resto de las personas, ni tampoco del resto de seres que constituyen la creación. La persona, en su universalidad, es solidaria con la creación entera y se vincula a toda ella en todos sus aspectos, hasta el punto de que la creación entera depende de la persona para alcanzar su última finalidad. Salir de la individualidad no implica dejarla atrás, sino reabsorberla, integrarla y unificarla en ese centro personal, como se ha dicho más arriba.

La persona implica al «otro». No hay persona si no hay «otro», otro al cual se ama, por el cual la persona se sacrifica, hacia el cual tiende. La persona no existe sin una relación de amor-sacrificio-tendencia. La persona no existe confinada en sí misma, porque ese confinamiento es antagónico con su naturaleza espiritual. La persona es relación.

El amor que crea relaciones es parte de la formación de la persona. «El amor que crea relaciones es parte de la formación de la persona humana [...] “Yo” y “nosotros” [...] son las primeras categorías del ser personal. El “yo” es imposible si no se opone al “tu”, pero esa oposición es superada en el “nosotros”» (Spidlík, L’Idée russe).

La persona está constituida por relaciones libres, que se extienden a todo el cosmos creado. «La persona está constituida por relaciones libres, y el primer fundamento de nuestras relaciones con los seres es conocerlos [...], uniendo por medio del amor al sujeto cognoscente con los objetos conocidos [...] Las relaciones que constituyen la persona se extienden a todo el cosmos creado. Este es para el hombre palabra de Dios, revelación, objeto de la “contemplación natural”. Pero, por otra parte, el hombre no se siente únicamente espectador exterior de esa realidad cósmica, sino que se siente incluido en el interior de la misma realidad que percibe como “total-unidad” orgánica y viva. No es un microcosmos en el sentido de los antiguos griegos, sino que es más bien un macrocosmos, una persona que engloba el universo para comunicarle la gracia» (Spidlík, L’Idée russe).

La persona es soberana y autónoma con relación a la naturaleza. El individuo está sometido a la naturaleza; no así la persona. Si lo estuviese, su libertad no existiría. La libertad implica dominio de la acción y plena responsabilidad por sus consecuencias. La voluntad, afirmación de sí mismo, y su libre ejercicio, es lo que revela más directamente a la persona. Como decíamos, la persona se revela a través de su acción, que es acción libre, soberana y autónoma.

La persona implica sacrificio. La persona no existe confinada en sí misma, sino abierta a los demás, y esa apertura es necesariamente sacrificial, puesto que implica romper la barrera y la «protección» de la individualidad para entregarse al otro, para poner al otro y al bien del otro por encima y por delante de uno mismo y del propio bien. El individualismo es antagónico con la persona porque la aísla y la ahoga en ese aislamiento.

La persona debe realizar su propia kénosis (el texto paulino de la Carta a los Filipenses nos introduce en el misterio de la Kénosis de Cristo. Para expresar este misterio, el Apóstol utiliza primero la palabra «se despojó», y esta se refiere sobre todo a la realidad de la Encarnación: «La Palabra se hizo carne», Jn 1,11. Dios-Hijo asumió la naturaleza humana, la humanidad, se hizo verdadero hombre, permaneciendo Dios. La verdad sobre Cristo-hombre debe considerarse siempre en relación a Dios-Hijo). «En la vida Trinitaria, el Padre se comunica totalmente al Hijo y el Hijo se “evacua” (Ph 2, 7) por amor a los hombres. Por ello, si la persona humana, para ser tal, debe llegar a ser “agápica” (la secularización del amor consiste en separar el amor humano, en todas sus formas, de Dios, reduciéndolo a algo puramente profano, donde Dios está de más e incluso molesta; esta aclaración es nuestra), debe también realizar su propia kénosis» (Spidlík, L’Idée russe).

Pero para expresar este misterio de la Kénosis de Cristo, san Pablo utiliza también otra palabra: «Se humilló a sí mismo». Esta palabra la inserta él en el contexto de la realidad de la redención. Efectivamente, escribe que Jesucristo «se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8). Aquí se describe la Kénosis de Cristo en su dimensión definitiva. Desde el punto de vista humano es la dimensión del despojamiento mediante la pasión y la muerte infamante. Desde el punto de vista divino es la redención que realiza el amor misericordioso del Padre por medio del Hijo que obedeció voluntariamente por amor al Padre y a los hombres a los que tenía que salvar. En ese momento se produjo un nuevo comienzo de la gloria de Dios en la historia del hombre: la gloria de Cristo, su Hijo hecho hombre. En efecto, el texto paulino dice: «Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre, que está sobre todo nombre» (Flp 2, 9).

Desde su inicio el término persona está asociado a lo digno, lo sobresaliente o importante.

Para Tomás de Aquino (s. XIII), la persona es el ser más eminente de toda la realidad visible; para Kant (s. XVIII), toda persona es un fin en sí misma.

La filosofía tradicional ha recogido la definición de persona que dio Boecio (Roma, c. 480 – Pavía, 524/525) en su tratado acerca de la persona de Cristo: Sustancia individual de naturaleza racional (rationalis naturae individua substantia, De duabus naturis et una persona Christi, c.3), y que posteriormente recogió santo Tomás.

Al decir que la persona es una sustancia indica que se trata de un ser que es en sí mismo y no en otro. Se le califica como individual para denotar que constituye una unidad, distinta de cualquier otra. Pero lo que la distingue o especifica de otras sustancias, como podría ser una roca o un animal, es su naturaleza racional, que hace que ella tenga una existencia completamente original en comparación con cualquier otra sustancia individual o sujeto.

Cuando reflexiona sobre el fundamento último de cada ser humano, el padre Carlos Cardona Pescador (1930-1993) explica que es la «propiedad privada» de su acto de ser lo que lo constituye propiamente como persona y lo diferencia de cualquier otra parte del universo. Esta propiedad comporta su singular relación a Dios: relación predicamental, que sigue al acto de ser, a su efectiva creación, señalándolo como alguien delante de Dios y para siempre; indicando así su fin en la unión personal y amorosa con Él, que es su destino eterno y el sentido exacto de su historia en la tierra y en el tiempo.

Naturaleza humana y persona humana no son dos nociones contradictorias, sino complementarias. La noción de naturaleza o esencia atiende a lo que es común, por lo que cabe afirmar que todos los hombres tienen la misma naturaleza y son por ello esencialmente iguales. En cambio, a partir de la idea de persona, cabe afirmar que cada ser humano es único, distinto de todos los demás.

Al hombre se le llama persona porque es radicalmente diferente de los demás sujetos de cualquier naturaleza no racional. Lo distintivo de este sujeto es que tiene un dominio sobre sus operaciones radicalmente superior del que tiene cualquier otro individuo vivo vegetal o animal. Los vegetales son dueños únicamente de la operación, en el sentido de que ellos la realizan; los animales se apropian, además, gracias al conocimiento, de la causa de sus operaciones, y los vivientes racionales son dueños también del fin de sus operaciones. Esta posibilidad que tienen los seres racionales de dirigir sus operaciones a fines libremente elegidos es lo que manifiesta la radical diferencia entre el actuar de un sujeto meramente sensitivo o animal y el actuar de la persona.

Ser alguien o ser persona, consiste en ser quien se es (ser el único que cada cual es) siendo para otros (prestando el servicio que cada cual, y solo él, puede prestar). En ese sentido, la persona se va haciendo a sí misma, va configurando su rostro a lo largo de su vida. Este hacerse a sí misma es también una manifestación de la autoposesión y del autogobierno que ejerce sobre sí misma.