Colaboraciones
Reflexiones sobre lo que diferencia al hombre de los animales (V)
17 abril, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
Reflexión, meditación, intimidad, autenticidad, conciencia
El hombre tiene un comportamiento humano a través de la reflexión, de la consideración de su conducta. El hombre puede mejorar su actuación. El hombre, a diferencia del animal, puede volver sobre lo que ha realizado, considerarlo, mejorarlo, cambiarlo, encontrar múltiples soluciones a un problema. Esto es la racionalidad, la capacidad de conceptualización, de «poner nombre» a las cosas, de descubrir su esencia…
Reflexionar: volver sobre uno mismo para hacer de nuestra vida objeto de sereno estudio, y encontrar así conclusiones válidas para eliminar errores y vivir con más acierto.
La reflexión va intrínsecamente unida a la conducta diaria.
La reflexión —que es el ejercicio de la razón aplicada a nuestra propia vida— debe estar al inicio de nuestro actuar, para así elegir lo mejor.
La reflexión no es una actividad exclusiva de los filósofos. A lo largo de su vida, el hombre sensato se pregunta con frecuencia por su propia identidad, se hace cuestión de sí mismo, se interesa por él, no solo por su actividad, se vuelve a su mundo interior en busca de respuestas. Y caemos entonces en la cuenta de que nos equivocamos, y descubrimos la importancia de la verdad, experimentamos como angustiosa la duda y deseamos salir de ella, surge en nosotros la incertidumbre, a veces también el desconcierto. Y se nos hace necesario pensar, poner orden, relacionar datos, examinar experiencias pasadas, ver posibles consecuencias en caso de optar por una solución determinada.
La meditación para el hombre es básica: en ella se profundiza, se pone en marcha la capacidad más específicamente humana, aquella que marca la diferencia del comportamiento humano.
La meditación hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo.
La meditación es una reflexión única y personal que no depende de palabras preestablecidas.
La meditación, uno de los principales dones que tenemos como seres humanos es precisamente ese: capacidad de contemplar. Mirar, observar, escuchar, para poder reflexionar y asombrarse ante las sorpresas diarias, para soñar e ilusionarse en el futuro, vivirlas y disfrutarlas en el presente, y saborear los recuerdos del pasado.
Contemplar es pensar, meditar, es oír lo imperceptible, ver a través de, es palpar lo que no se toca.
Contemplar es mirar a nuestro interior, reconocernos día con día, aceptarnos y decidir mejorar.
Todos tenemos una intimidad, un mundo interior donde nos reflejamos, nos vemos, nos comparamos con los demás, juzgamos las situaciones, valoramos nuestra actuación, etc. En ese espacio interior también nos sentimos queridos o no, nos sentimos protegidos y seguros o no; allí se proyecta o se imagina el futuro: será así o será asá; allí aparecen nuestros gustos, nuestros intereses, las cosas que nos son congeniales, las que nos agradan, todo un conjunto de pensamientos, ideas, ocurrencias… que cada persona lleva consigo y que aflora especialmente en algunos momentos, al ir por la calle, en la ducha, etc.
La autenticidad de la persona, su carácter, su identidad, su personalidad se forja en esa conversación interior. La autenticidad es no solo vivir, sino también saber que vivimos y por qué vivimos, cuáles son los motivos de nuestras acciones, de nuestras reacciones. El proceso de maduración de una persona es precisamente este proceso de búsqueda de la propia identidad que la hace dueña de sus actos; a esto es a lo que se llama autenticidad. La autenticidad es el proceso constante de contrastar lo que hacemos con lo que somos, con la definición de lo que somos, es decir, con la resultante de este mundo interior que poseemos. Si no existe reflexión, meditación, no existe definición de la persona, no hay una resultante del mundo interior y la persona no se conoce, sus mismas acciones le resultan incomprensibles.
Se trata, en resumen, de lo que se llama el proyecto de vida personal, su elaboración y ejecución. Ahí está condensada la vida de la persona, sus posibilidades de integración y felicidad o su desintegración y fracaso. La vida auténtica es la que tiene un proyecto realista, contrastado con uno mismo, con las propias posibilidades. Como se ve, la vida auténtica se refiere a una capacidad de autorreflexión, mejor dicho, se juega en la reflexión y en la meditación de la propia conducta, de la propia vida.
Una persona con capacidad para la meditación, para entrar dentro de sí mismo, para vivir de acuerdo con su intimidad, toma su vida en sus manos. La vida es tiempo y su relación con el tiempo se hace fluida: vive toda la vida en presente, la tiene presente ante sí; ya que asume el pasado en el hoy y desde el hoy proyecta el futuro, un futuro posible, adecuado a él mismo. Sin meditación todo esto no es posible.
El ser humano es alguien con intimidad, por eso podemos ensimismarnos y descubrir lo que nos sucede por dentro, para luego comunicarlo y encontrar consejo, consuelo… o, también, para aconsejar, para consolar. Muchas veces esta riqueza interior asusta y hay quienes prefieren no enterarse pues no saben qué hacer con tanto poder.
Aunque de manera negativa, algo característico de la persona humana que la coloca en un plano absolutamente distinto de los animales, es la capacidad de disimular, de ocultar lo que siente, lo que piensa, lo que quiere. Puede esconder y guardar su mundo para sí, aún a sabiendas de que tal hermetismo le puede dañar. Solo el ser humano se puede poner una máscara y representar una comedia. Y nadie más.
En ese diálogo con uno mismo adquiere un puesto central, lo que se llama la conciencia. La conciencia es ante todo un descubrimiento personal que se hace de la propia intimidad.
La conciencia no es lo mismo que el conocimiento. El ser humano conoce por sus sentidos (sensaciones) y por su entendimiento (ideas o conceptos) y el objeto de todo conocimiento es la posesión intencional (u objetiva) de una forma ajena. La conciencia no es conocimiento, sino más bien el estado o situación subjetiva en que se encuentra la persona como resultado de todos los conocimientos que tiene acerca de sí, de sus acciones y de su mundo.
La conciencia permite a la persona no solo conocer y reconocer sus acciones, así como la relación de estas respecto a la persona, sino además experimentar en sí estas acciones como acciones propias que ella ejecuta libremente y por propia voluntad y cuyas consecuencias asume.
El recto funcionamiento de la conciencia requiere de un cierto equilibrio entre el grado de autoconocimiento y la intensidad y variabilidad de las emociones; quien se conozca mejor a sí mismo será más capaz de dominar emociones más intensas o cambiantes.
«En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que este se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo» (constitución pastoral Gaudium et spes, 16).
«El hombre percibe y reconoce por medio de su conciencia los dictámenes de la ley divina; conciencia que tiene obligación de seguir fielmente, en toda su actividad, para llegar a Dios, que es su fin. Por tanto, no se le puede forzar a obrar contra su conciencia. Ni tampoco se le puede impedir que obre según su conciencia, principalmente en materia religiosa» (declaración Dignitatis humanae, 3, declaración del Concilio Vaticano II).
«La conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho. En todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es justo y recto. Mediante el dictamen de su conciencia el hombre percibe y reconoce las prescripciones de la ley divina: La conciencia “es una ley de nuestro espíritu, pero que va más allá de él, nos da órdenes, significa responsabilidad y deber, temor y esperanza […]. La conciencia es la mensajera del que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, a través de un velo nos habla, nos instruye y nos gobierna. La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo”, Juan Enrique Newman, Carta al duque de Norfolk, 5» (Catecismo de la Iglesia católica, 1778).
Quien quiera aceptarse como persona ha de saber que tiene que aceptar las exigencias que el ser persona lleva consigo, y la más exigente sin duda, es atender a pecho descubierto la voz de la propia conciencia, que emite juicios implacables.
Obedecer a la conciencia es obedecer a Dios, por eso es importante seguir siempre lo que ella nos dicta. Todos debemos prestar mucha atención a nosotros mismos para poder oír y seguir la voz de la conciencia.
La conciencia nos ordena en el momento oportuno, practicar el bien y evitar el mal.
La conciencia moral es la misma inteligencia que hace un juicio práctico sobre la bondad o la maldad de un acto.
La dignidad de la persona exige que tengamos una conciencia moral recta (siempre juzga con fundamentos y prudencia).
Es necesario que actuemos siempre con conciencia cierta, es decir, que los juicios de nuestra conciencia sean seguros y fundados en la verdad. Por ello, debemos poner todos los medios para salir de la duda o del error.
Tenemos obligación de formar nuestra conciencia de acuerdo con nuestros deberes personales, familiares, de trabajo y de ciudadano; los mandamientos de la Iglesia, los mandamientos de la Ley de Dios y todas las responsabilidades que hayamos contraído libremente. Esta obligación es nuestra y nadie la puede cumplir en nuestro lugar.
Una conciencia bien formada siempre nos invitará a actuar de acuerdo con nuestros principios y convicciones, nos impulsará a servir a los hombres.
La conciencia formada rectamente garantizará la realización personal. En cambio, una conciencia deformada donde se anidan la doblez, la insinceridad y la hipocresía, se convertirá en fuente de división interior, de tinieblas, de zozobra y de fracaso.
Dios ha dado la conciencia al hombre como medio para conocer y realizar su voluntad santísima, alcanzando así su último fin. Porque, en la conciencia el hombre escucha la voz de Dios y se abre a ella o se cierra. Por tanto, la conciencia diferencia al hombre de los seres inferiores, y lo constituye en persona humana libre y responsable de sus actos. En consecuencia, alcanza una importancia vital el formarla recta, delicada e insobornable.
La conciencia es la capacidad que Dios nos dio para poder ver con claridad el bien sobre el mal. Es también aquella que nos mantiene inquietos cuando sabemos que hemos hecho algo malo.
A nosotros nos gusta definir la conciencia como ese lugar de encuentro con Dios.
La conciencia es una realidad de experiencia: todos los hombres juzgan, al actuar, si lo que hacen está bien o mal. Este conocimiento intelectual de nuestros propios actos es la conciencia.
El pecado de Adán y Eva —a tenor del relato bíblico— consistió en querer determinar por su propia cuenta el bien y el mal de sus actos, sin importarles la voluntad objetiva de Dios.
«No es suficiente decir al hombre “sigue siempre tu conciencia”. Es necesario añadir inmediatamente y siempre: “pregúntate si tu conciencia dice la verdad o algo falso, y busca incansablemente conocer la verdad”. Si no se hiciera esta necesaria precisión, el hombre arriesgaría encontrar en su conciencia una fuerza destructora de su verdadera humanidad, en vez del lugar santo donde Dios le revela su verdadero bien» (san Juan Pablo II, Catequesis del 17/VIII/83, 3).
En síntesis, cabe decir que la conciencia no es una facultad de la persona humana, ni menos un sujeto independiente de esta, sino la misma racionalidad o espíritu humano en cuanto hace las funciones de reflejar lo conocido y experimentar la propia subjetividad. Esta última es la función más importante de la conciencia pues es la que permite que cada persona se conozca y se experimente como un alguien único, distinto de todo lo demás y dueño de sus propias acciones.