Colaboraciones
¿Quiere Dios el mal?
21 abril, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
Evidentemente, Dios no quiere el pecado; no quiere que nadie se condene; no ha creado a los hombres para que vivan una infidelidad eterna. Dios no condena a nadie. Él nos pregunta a cada uno: ¿quieres, por grandes que sean tus pecados, mi perdón y mi amor? Y si la respuesta es que sí, perdona y ama sin tasa. Y si el hombre rechaza ese perdón y ese amor, él mismo se condena, no le condena Dios. Es la actitud de Luzbel: «Soy igual a ti, no tengo nada que pedirte; no necesito tu perdón, pues no te reconozco superior a mí». La consecuencia es la siguiente: en el cielo están el único Dios y todos los hombres que le reconocen por tal y le aman; en el infierno están todos los demás dioses.
¿Por qué un Dios bueno permite el sufrimiento de los niños y de los inocentes?
Un niño, un inocente, sufre como consecuencia del pecado original. Antes del pecado original, el mal no existía en el mundo. Todo era perfecto y armonioso, pero Adán rompió esta armonía con su desobediencia en el Jardín. Somos el culmen de la creación. Cuando pecamos, la creación perdió su orden. Por ello el mal y el sufrimiento entraron el mundo y existen hasta hoy. Cuando pecamos nos elegimos a nosotros mismos sobre Dios, con un amor egoísta.
Si queremos luchar contra el mal y desterrarlo del mundo, debemos comenzar por nosotros mismos. Somos los responsables de quitarlo del mundo, y lo haremos contraponiéndole el bien. Cristo, con su amor a nosotros hasta la muerte a la cruz, nos muestra que el sufrimiento es inevitable en esta vida, pero que puede ser una cosa buena, y hasta causa de redención eterna. Si queremos el bien, tenemos que hacerlo libremente. Dios no nos fuerza a hacerlo. Quiere nuestro amor libre. ¿De qué le sirve un amor obligado?
El mal es en sí mismo multiforme. Generalmente se distinguen el mal en sentido físico del mal en sentido moral. El mal moral se distingue del físico sobre todo por comportar culpabilidad, por depender de la libre voluntad del hombre y es siempre un mal de naturaleza espiritual. Se distingue del mal físico, porque este último no incluye necesariamente y de modo directo la voluntad del hombre, aunque esto no significa que no pueda estar causado también por el hombre y ser efecto de su culpa. Baste recordar, por ejemplo, los desastres o calamidades naturales, al igual que todas las formas de disminución física o de enfermedades somáticas o psíquicas, de las que el hombre no es culpable.
El mal moral es radicalmente contrario a la voluntad de Dios. Si este mal está presente en la historia del hombre y del mundo, y a veces de forma totalmente opresiva, si en cierto sentido tiene su propia historia, esto solo está permitido por la Divina Providencia, porque Dios quiere que en el mundo creado haya libertad.
La criatura racional, excelsa entre todas, pero siempre limitada e imperfecta, puede hacer mal uso de la libertad, la puede emplear contra Dios, su Creador.
La Divina Providencia, aun no queriendo el mal, lo tolera en vista de un bien mayor.