Colaboraciones
Sobre la familia (I)
24 abril, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
La familia se define como «la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida».
La ideología del género y la cultura del descarte, propone nuevas definiciones de familia, haciendo que las nuevas generaciones cuestionen su verdadero rol en la sociedad. Por esto, es de vital importancia trabajar en la formación de familias con bases sólidas y éticas donde el concepto quede claro para cada uno de sus miembros.
La familia, es un microcosmo de la sociedad en general. Es la «sociedad natural», donde, a pesar de no estar basada en reglas jurídicas, es un conjunto de personas que se relacionan entre sí con un propósito común.
El concepto es claro al definir que la familia es entre «hombre y mujer». La familia está fundada sobre la unión íntima de vida que es el matrimonio, complemento entre un hombre y una mujer, lazo indisoluble, libremente contraído, públicamente aceptado, y que está abierta a la transmisión de la vida.
Físicamente, el acto sexual que se realiza entre el hombre y la mujer es el único meramente biológico que no solo permite la perpetuación de nuestra especie, sino también la demostración más grande de que nuestra naturaleza fue diseñada para complementarse entre sí.
Según San Agustín, el amor es desear el bien del otro. La familia es el lugar donde Dios viene al mundo al encuentro con los hombres. Mediante la comunión entre personas es donde se aprende el valor de amar y ser amado. Iniciar una vida matrimonial es, por tanto, un «llamado al don de sí, en el amor». Es un esfuerzo enorme, donde dos personas ajenas, inician un camino en común deseando el bien del otro. El hombre, al ser imagen y semejanza de Dios, ha sido creado para amar; es capaz, sin duda de un amor que genera comunión, ya que cada uno considera el bien del otro como propio. Es el don de sí, hecho a quien se ama, es donde se descubre y se actualiza la propia bondad.
La definición recalca la importancia del «don de la vida» en la familia. En el matrimonio es donde los esposos se unen en el acto sexual para formar vida. Actualmente, con la revolución tecnológica y médica, es vital reflexionar sobre las cuestiones cruciales de la defensa de la vida humana. Actuar, formar y educar en la promoción y valorización del don de la vida. Las exigencias éticas y sociales de la institución natural de la vida familiar nos alcanzan a todos. El Papa Pablo VI nos dio una defensa de la sociedad al defender la mujer, la familia y la vida en su encíclica Humanae vitae 5. En la comunión matrimonial es donde se consigue el clima para ofrecer educación en el amor, valorando el don de la vida.
¿Qué es la familia? ¿Cómo ser buen padre y buena madre? ¿Qué papel tiene la familia en la educación de los hijos? ¿Cómo conjugar la autoridad y la libertad? ¿Cómo vivir la confianza mutua en el día a día?
«¿Qué es la familia?» se pregunta el Papa Francisco, y se contesta: «Más allá de sus acuciantes problemas y de sus necesidades perentorias, la familia es un “centro de amor”, donde reina la ley del respeto y de la comunión, capaz de resistir a los embates de la manipulación y de la dominación de los “centros de poder” mundanos».
«En el hogar familiar, la persona se integra natural y armónicamente en un grupo humano, superando la falsa oposición entre individuo y sociedad. En el seno de la familia, nadie es descartado: tanto el anciano como el niño hallan acogida. La cultura del encuentro y el diálogo, la apertura a la solidaridad y a la trascendencia tienen en ella su cuna».
«Por eso, la familia constituye una gran “riqueza social”. En ese sentido, quisiéramos subrayar dos aportes primordiales: la estabilidad y la fecundidad».
Recogemos a continuación, 14 respuestas de san Josemaría a preguntas sobre el amor en la familia, los conflictos familiares, la relación padres e hijos, la educación de los hijos o la fe en la familia.
1. ¿Cómo hacer que el amor llene la vida familiar?
2. ¿Cómo ser buen padre y buena madre?
3. El ambiente que rodea a los hijos, también les influye en su educación, en su modo de ver las cosas. ¿Qué papel tiene la familia en la educación de los hijos?
4. ¿Cómo solucionar la falta de tiempo que sienten hoy muchos padres para estar con sus hijos, para la vida familiar? Muchas veces, cuando la madre hace un trabajo fuera de su casa pesan sobre ella los reclamos del hogar; y cuando permanece de lleno dedicada a su familia, se siente limitada en sus posibilidades, ¿qué le diría a las personas que experimentan estas contradicciones?, ¿cómo conciliar la vida profesional y la familiar?
5. Educar, en la práctica, no es tarea sencilla, ¿puede decirnos algunas claves para la educación de los hijos?
6. ¿Cómo compaginar la autoridad con la libertad?
7. ¿Puede concretar más qué significa la confianza y la comprensión entre padres e hijos?, ¿cómo vivir la confianza mutua día a día?
8. ¿Cabe alguna justificación para la actitud que a veces tienen los padres de querer imponer a sus hijos la elección de carrera o de trabajo, de novio o de un determinado modo de vida, oponiéndose a veces a que estos sigan la llamada de Dios para emplearse en el servicio de las almas?, ¿no sería mejor dejarles libertad, para que lleguen a la madurez personal?
9. Tener una familia estable, con paz, sin duda es un deseo de todos. Pero en la convivencia diaria en el matrimonio y en la familia hay roces pequeños o grandes enfados, dificultades más o menos objetivas y muchas veces diversidad de pareceres y de enfoques entre padres e hijos. ¿Qué hacer para superar esas situaciones y conflictos familiares?
10. ¿Qué hacer cuando un hijo plantea a sus padres una entrega completa a Dios?
11. Hemos hablado del papel de los padres, pero, ¿qué deben hacer los hijos por la familia?
12. La fe en la familia, ¿cómo se manifiesta?
13. ¿Es importante la oración en la familia?
14. ¿Conviene que la familia rece unida?
1. ¿Cómo hacer que el amor llene la vida familiar?
Al pensar en los hogares cristianos, me gusta imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia. Cada hogar cristiano debería ser un remanso de serenidad, en el que, por encima de las pequeñas contradicciones diarias, se percibiera un cariño hondo y sincero, una tranquilidad profunda, fruto de una fe real y vivida
Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar.
La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria.
Santificar el hogar día a día, crear, con el cariño, un auténtico ambiente de familia: de eso se trata. Para santificar cada jornada, se han de ejercitar muchas virtudes cristianas; las teologales en primer lugar y, luego, todas las otras: la prudencia, la lealtad, la sinceridad, la humildad, el trabajo, la alegría...
¿Quieres un secreto para ser feliz?: darse y servir a los demás, sin esperar que te lo agradezcan.
2. ¿Cómo ser buen padre y buena madre?
Si tuviera que dar un consejo a los padres, les daría sobre todo este: que vuestros hijos vean —lo ven todo desde niños, y lo juzgan: no os hagáis ilusiones— que procuráis vivir de acuerdo con vuestra fe, que Dios no está solo en vuestros labios, que está en vuestras obras; que os esforzáis por ser sinceros y leales, que os queréis y que los queréis de veras.
Los padres educan fundamentalmente con su conducta. Lo que los hijos y las hijas buscan en su padre o en su madre no son solo unos conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o menos acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de los años.
La clave suele estar en la confianza: que los padres sepan educar en un clima de familiaridad.
Para mí, no existe ejemplo más claro de la unión práctica de la justicia con la caridad, que el comportamiento de las madres. Aman con idéntico cariño a todos sus hijos, y precisamente ese amor les impulsa a tratarlos de modo distinto —con una justicia desigual—, ya que cada uno es diverso de los otros.
Es así como mejor contribuiréis a hacer de ellos cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad.
3. El ambiente que rodea a los hijos, también les influye en su educación, en su modo de ver las cosas. ¿Qué papel tiene la familia en la educación de los hijos?
Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo. No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable.
La paternidad y la maternidad no terminan con el nacimiento: esa participación en el poder de Dios, que es la facultad de engendrar, ha de prolongarse en la cooperación con el Espíritu Santo para que culmine formando auténticos hombres cristianos y auténticas mujeres cristianas.
4. ¿Cómo solucionar la falta de tiempo que sienten hoy muchos padres para estar con sus hijos, para la vida familiar? Muchas veces, cuando la madre hace un trabajo fuera de su casa, pesan sobre ella los reclamos del hogar; y cuando permanece de lleno dedicada a su familia, se siente limitada en sus posibilidades. ¿Qué diría usted a las personas que experimentan esas contradicciones? ¿Cómo conciliar la vida profesional y la familiar?
El problema que planteas en la mujer, no es extraordinario: con otras peculiaridades, muchos hombres experimentan alguna vez algo semejante.
En todo caso, hay que poner en práctica también remedios pequeños, que parecen banales, pero que no lo son: cuando hay muchas cosas que hacer, es preciso establecer un orden, es necesario organizarse.
Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso.
En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad —o la verdad entera— que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad.
5. Educar, en la práctica, no es tarea sencilla, ¿Puede decirnos algunas claves para la educación de los hijos?
La clave suele estar en la confianza: que los padres sepan educar en un clima de familiaridad.
Escuchad a vuestros hijos, dedicadles también el tiempo vuestro, mostradles confianza; creedles cuanto os digan, aunque alguna vez os engañen; no os asustéis de sus rebeldías, puesto que también vosotros a su edad fuisteis más o menos rebeldes; salid a su encuentro, a mitad de camino, y rezad por ellos, que acudirán a sus padres con sencillez —es seguro, si obráis cristianamente así—, en lugar de acudir con sus legítimas curiosidades a un amigote desvergonzado o brutal.
Vuestra confianza, vuestra relación amigable con los hijos, recibirá como respuesta la sinceridad de ellos con vosotros: y esto, aunque no falten contiendas e incomprensiones de poca monta, es la paz familiar, la vida cristiana.