Colaboraciones

 

La familia, institución divina

 

 

 

24 junio, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Dios mismo es el Autor de la familia y Él mismo es su Restaurador, ya que la elevó a la categoría y dignidad de sacramento. Esto quiere decir que la familia no es una institución humana, sino una institución divina, no pudiendo, por tanto, estar sujeta al capricho subjetivo y cambiante de los hombres, en razón de participar, en su medida, de la misma inmutabilidad de Dios, con respecto a su naturaleza, fines y leyes, que no pueden ser otros que los dados por el mismo Dios, Autor y Restaurador de la familia.

Brevemente, podemos decir, que el matrimonio católico es, en su esencia, la sociedad formada por el mutuo consentimiento ante Dios, de «UNO CON UNA Y PARA SIEMPRE».

Contra este orden natural y divino —«uno con una y para siempre»— podemos señalar seis destrucciones principales:

- Uno con muchas;
- muchos con una;
- uno con uno o una con una;
- muchos con muchas;
- uno con una por un tiempo;
- uno con una ante sí.

 

La familia se define como «la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida».

La ideología del género y la cultura del descarte, propone nuevas definiciones de familia, haciendo que las nuevas generaciones cuestionen su verdadero rol en la sociedad. Por esto, es de vital importancia trabajar en la formación de familias con bases sólidas y éticas donde el concepto quede claro para cada uno de sus miembros.

La familia, es un microcosmo de la sociedad en general. Es la «sociedad natural», donde, a pesar de no estar basada en reglas jurídicas, es un conjunto de personas que se relacionan entre sí con un propósito común.

El concepto es claro al definir que la familia es entre «hombre y mujer». La familia está fundada sobre la unión íntima de vida que es el matrimonio, complemento entre un hombre y una mujer, lazo indisoluble, libremente contraído, públicamente aceptado, y que está abierta a la transmisión de la vida.

Físicamente, el acto sexual que se realiza entre el hombre y la mujer es el único meramente biológico que no solo permite la perpetuación de nuestra especie, sino también la demostración más grande de que nuestra naturaleza fue diseñada para complementarse entre sí.

Según san Agustín, el amor es desear el bien del otro. La familia es el lugar donde Dios viene al mundo al encuentro con los hombres.

El hombre, al ser imagen y semejanza de Dios, ha sido creado para amar; es capaz, sin duda de un amor que genera comunión, ya que cada uno considera el bien del otro como propio. Es el don de sí, hecho a quien se ama, es donde se descubre y se actualiza la propia bondad.

La definición recalca la importancia del «don de la vida» en la familia. En el matrimonio es donde los esposos se unen en el acto sexual para formar vida. Actualmente, con la revolución tecnológica y médica, es vital reflexionar sobre las cuestiones cruciales de la defensa de la vida humana. Actuar, formar y educar en la promoción y valorización del don de la vida. Las exigencias éticas y sociales de la institución natural de la vida familiar nos alcanzan a todos. El Papa Pablo VI nos dio una defensa de la sociedad al defender la mujer, la familia y la vida en su encíclica Humanae vitae. En la comunión matrimonial es donde se consigue el clima para ofrecer educación en el amor, valorando el don de la vida.

En conclusión, hoy más que nunca el núcleo de nuestra sociedad está siendo atacado. Sin embargo, la solución a este torbellino de tragedias sociales en el que vivimos se encuentra en lo íntimo de la convivencia familiar, al educar su vocación y enseñando a trabajar con amor por sí mismos y por los demás. El matrimonio y la familia contienen dentro de sí todos los valores humanos necesarios para reconstruir una sociedad. Defender la familia, es defender nuestra felicidad.