Colaboraciones

 

La verdadera alegría

 

 

 

27 julio, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

En esta época nuestra todo se cuestiona; a todo se le clava un interrogante. Parece como si de nada estuviésemos seguros. Se intentan demoler los cimientos de cualquier edificio como una muestra de fobia a lo permanente e inmutable. Y el hombre ya no se siente firme en ninguna situación. Le asusta el compromiso que dure mucho; y no digamos nada si se trata de hipotecar la vida por un ideal. No podemos jugar con las cosas que son serias tratando de amoldar las normas éticas, morales y jurídicas a la medida de nuestro capricho o egoísmo.

La vida tiende a atraparnos con todas sus exigencias materiales. Se nos ha repetido hasta la saciedad que necesitamos tener, disfrutar, gastar, gozar, sin ideales trascendentes y con prisa para vivir la vida a tope sin ningún tipo de privaciones. En esas condiciones el hombre se siente maniatado cayendo en una de las peores esclavitudes: la dependencia absoluta y libremente querida del mundo, del demonio y de la carne. «El que no es capaz de ser pobre, no es capaz de ser libre», nos amonesta Dante. Las auténticas riquezas que llenan al hombre y lo ennoblecen no son la comodidad, el aburguesamiento…, sino el desprendimiento, la pobreza de espíritu.

La alegría, el optimismo, la visión positiva debe ser el modo habitual de considerar los acontecimientos de la vida. Y, sin embargo, con demasiada frecuencia nos dejamos dominar por el pesimismo y la tristeza. Es un dolor contemplar cómo los hombres —jóvenes y mayores— en su familia, en su trabajo, en sus relaciones con los demás, dejan asomar el cansancio, la desilusión, el malhumor. Podríamos decir que nuestro mundo da la impresión de ser un mundo triste, falto de alegría. No nos podemos dejar engañar por esas manifestaciones aparatosas de una falsa alegría que es meramente superficial: cuando buscamos la alegría en placeres pasajeros, en comportamientos artificiales, enseguida nos damos cuenta —pasado el primer momento de euforia— de que ahí no está la verdadera alegría. «El egoísmo es causa de la tristeza».

Son muchas las manifestaciones de la alegría: personas que ríen, cantan, juegan, beben, cuentan chistes, están de buen humor, etc. Hay veces que la alegría es sincera, en otras ocasiones se busca simplemente aparentar que se está bien.

Si la alegría no está plenamente en las manifestaciones anteriores, la pregunta surge espontánea: ¿en qué consiste la verdadera alegría? La respuesta es sencilla: la alegría está en la autenticidad de vida, en ser lo que se es. Esta es la clave. No radica en aparentar, ni en tener cada vez más posesiones, ni mucho menos en estar riéndose superficialmente de manera constante, porque como bien dice el dicho popular «la risa superficial abunda en la boca de los tontos».

Para la esposa y madre, la alegría estará en entregarse por completo al esposo y a los hijos. Si se es padre, la alegría radicará en la buena educación de los hijos, y qué satisfacción da a un padre de familia ver a sus hijos, ya grandes, bien formados. Para el hijo, la alegría debe consistir en obedecer a los propios padres, que representan el querer de Dios, y en ser caritativos con los que le rodean.

Pero para el cristiano, que por definición es el seguidor de Cristo, la alegría consiste en la coherencia de vida, en ser, por lo tanto, fiel discípulo de Cristo. Esta es la fuente de la verdadera alegría. Así pues, para el auténtico seguidor de Cristo, la verdadera alegría se encontrará en buscar agradar en todo a su Señor, en hacerlo feliz con cada una de sus acciones. Pero cuando se empiezan a hacer cosas que van en contra de lo que se es, se irá creando en esa persona una división interior. Cuando no se vive como se piensa, se termina pensando como se vive.

La genuina alegría produce una satisfacción interior. ¿Quién no ha experimentado esa paz interior que se produce cuando se es fiel al deber, cuando se llevan las responsabilidades al día, o cuando se tiene una conciencia tranquila? Cuánta alegría posee el que tiene una sola cara. Y, por el contrario, cuánta tristeza e insatisfacción se crea cuando se tiene dos personalidades diferentes, que se usan, dependiendo de los casos, cuando más convenga.

El cristiano, el seguidor de Cristo, será verdaderamente feliz cuando consciente y animosamente lo siga. Cuando olvidándose de sí mismo y de sus gustos personales, se entregue a los demás para ayudarlos en sus necesidades y compartir así la alegría que lleva dentro, que nada ni nadie le podrá quitar.

Terminamos con unas palabras de un aragonés ilustre, Josemaría Escrivá (jurista, teólogo y sacerdote católico español, 1902-1975): «El secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad; en el aprovechamiento también de todos los adelantos que nos proporciona la civilización para hacer la casa agradable, la vida más sencilla, la formación más eficaz».