Colaboraciones
El «Grupo de los 80», el que dio origen a «CPS»
04 agosto, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
Fue el «Grupo de los 80» (cuyo líder era el jesuita Gonzalo Arroyo) el que dio origen a «CPS» («Cristianos para el Socialismo»). Tuvieron su primera reunión en Santiago de Chile durante el mes de abril de 1971. En una declaración afirmaban: «Un grupo de 80 sacerdotes que convivimos con la clase trabajadora nos hemos reunido para analizar el proceso actual que vive Chile al iniciar la construcción del socialismo» (¿Consecuencia cristiana o alienación política?, p. 151, Santiago de Chile, 1972).
La opción por el socialismo fue el punto de partida de la reunión: «Nuestra base teológica nos dice que la fe del cristiano debe llevarlo a un compromiso de tipo político. Creemos que el socialismo es el único modo de escapar del subdesarrollo». Para justificar esta postura intentan eliminar los prejuicios y desconfianzas que existen entre marxistas y cristianos: «Creemos que ni la violencia, ni el ateísmo, ni la dictadura son de la sustancia del marxismo, sino que nacieron como consecuencia del rechazo que este produjo en el medio en que le tocó desarrollarse. Esto cambió y se abre ahora la posibilidad de diálogo y de una nueva síntesis entre cristianismo y marxismo» (El Mercurio, Santiago de Chile, 17-IV-71).
No dudan tampoco en manifestar su adhesión, como cristianos, al gobierno social-marxista de Allende: «Nos sentimos comprometidos en este proceso en marcha y queremos contribuir a su éxito. La razón profunda de este compromiso es nuestra fe en Jesucristo, que se ahonda, renueva y toma cuerpo según las circunstancias históricas. Ser cristiano es ser solidario. Ser solidario en estos momentos en Chile es participar en el proyecto histórico que su pueblo se ha trazado» (¿Consecuencia cristiana o alienación política?, p. 152).
Para llevar a cabo su tarea revolucionaria proponen «una nueva lectura de la Biblia y la tradición cristiana, que replantee los conceptos y símbolos básicos del cristianismo de manera tal que no traben a los cristianos en su compromiso con el proceso revolucionario, sino que por el contrario los ayuden a asumirlo creadoramente» (¿Consecuencia…?, p. 189).
Finalmente, la única interpretación que aceptan es el análisis marxista de la historia y de la sociedad: «Esta sociedad injusta tiene su fundamento objetivo en las relaciones capitalistas de producción que generan, necesariamente, una sociedad clasista… La posición actual de todos los hombres del continente, y, por ende, de los cristianos, consciente o inconscientemente, está determinada por la dinámica histórica de la lucha de clases en el proceso de liberación» (¿Consecuencia…?, p. 176).
El propio Marx se burlaba del «clericalismo socialista», representado por «CPS»: «Como el sacerdote acompañó siempre al señor feudal, así el socialismo de los curas acompaña al socialismo feudal… No hay cosa más fácil que dar un tinte socialista al socialismo cristiano […]. El socialismo sagrado es solamente el agua bendita con la que el sacerdote bendice el despecho de los aristócratas» (K. Marx-F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista, 1848).
La endeble cobertura ideológica de este movimiento no aguanta ni siquiera los embates de una crítica racional. Tal vez le haya sustituido otro movimiento con idénticos fines, aunque con distintas palabras, porque son los propios partidos comunistas quienes alientan, financian y airean este tipo de movimientos y no les es difícil crearlos o suprimirlos según sirva o no a sus intereses. Con esto se habrá concluido una etapa más del ficticio diálogo cristianismo-marxismo.