Colaboraciones

 

La declaración Iura et bona, publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1980

 

 

 

08 agosto, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

El principal documento oficial de la Iglesia católica sobre la eutanasia es la declaración Iura et bona, publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1980. Se trata de un breve compendio de la moral católica sobre la enfermedad y la muerte. Pío XII había respondido a algunas preguntas particulares suscitadas por los médicos y había condenado la práctica nazi de la eutanasia. La declaración publicada en 1980, además de volver a tomar la enseñanza precedente, demuestra que el magisterio se daba cuenta de la evolución en curso, tanto en lo relativo a la eutanasia como en lo relativo a las nuevas terapias salvavidas. A este documento se añade la condena de la eutanasia formulada en la encíclica Evangelium vitae con palabras especialmente solemnes. Juan Pablo II afirma:

«De acuerdo con el magisterio de mis predecesores y en comunión con los obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada, moralmente inaceptable, de una persona humana».

La declaración Iura et bona, confirmando la tradición católica precedente y unánime, señala como argumento ético resolutorio el principio de la inviolabilidad de la vida humana. De esta manera niega de la forma más absoluta posible los dos postulados antropológicos en que se basan la eutanasia voluntaria y el suicidio asistido; por un lado, la idea de que, en algunas circunstancias, morir es un bien y vivir un mal; por otro lado, la pretensión de que el hombre tiene el derecho a elegir arbitrariamente el procurarse o procurar a otros la muerte. Este documento niega, además, que el dolor sea un mal absoluto que se debe evitar a toda costa: es un acto obligado de caridad hacer lo posible para aliviar el malestar de los enfermos, pero sin olvidar el significado positivo del sufrimiento voluntariamente aceptado y sostenido por la fe en Cristo.

La moral católica ve en la eutanasia y el suicidio asistido un mal que se opone, no a unos principios dogmáticos abstractos, sino al propio bien del   hombre, porque contradice su ser más íntimo y su vocación a la felicidad. El cristiano cree que, junto a la vida que ha recibido a través de sus padres, el Señor la ha concedido la Vida, expresión que en el evangelio de Juan significa la existencia que el Padre da en Cristo a los creyentes. La Vida que se revelará plenamente al final de los tiempos.

Morir para el Señor significa vivir la propia muerte como acto supremo de obediencia al Padre (cf. Flp 2, 8), aceptando el encuentro con Él en la «hora» querida y elegida por Él (cf. Jn 13, 1), lo que solo se puede decir cuando el camino terrenal está cumplido. Vivir para el Señor significa también reconocer que el sufrimiento, aunque en sí mismo sigue siendo un mal y una prueba, puede siempre convertirse en fuente de bien.